Mudarse a otro país o ciudad puede ser una decisión largamente buscada o no del todo intencionada. A veces estamos en una zona de confort que queremos dejar atrás y buscamos algo nuevo y emocionante en otro lugar. Otras veces, factores como una oportunidad laboral, una pareja que vive lejos o incluso un impulso o dilema emocional nos llevan a cambiar de rumbo e intentar construir una vida en un nuevo lugar. Cualquiera sea el motivo, algo llamado duelo migratorio puede aparecer, tal como le ocurrió a Elsa Pataky.
De esa mezcla de emoción y vacío habló la actriz en el cuarto episodio de la segunda temporada del podcast Todos somos, al recordar su traslado a Los Ángeles en 2004 para impulsar su carrera. Fue una elección que tomó a propósito, pero eso no la hizo menos solitaria. “Me sentí muy solo” admitió, poniendo en palabras una experiencia que muchas personas reconocen pero que no siempre se atreven a nombrar.
En su caso, el desafío se convirtió en combustible. “Me encantan los desafíos en la vida, y para mí fue un desafío, entonces dije: ‘Aquí estoy. Me estoy plantando aquí hasta que decida, hasta que ya no pueda más’”. La decisión significó crecer rápidamente. “Aprendí mucho. Fue una experiencia de vida increíble y aprendí a vivir sola. Siempre había estado con gente, rodeada y apoyada por mi familia”. De repente, su mundo familiar desapareció.
En ese silencio forzado se encontró la actriz. “Te ves a ti mismo, tienes momentos contigo mismo, piensas y meditas mucho y empiezas a disfrutar eso”. Un tipo de soledad que al principio puede dar miedo, pero que te transforma. “Me volví un poco más ermitaño y ahora valoro mucho los momentos de soledad y tranquilidad”. ella reconoció.
Pero ese proceso, como el de cualquiera que abandona el nido, no estuvo exento de miedo. “Proviene de ese pánico de ‘¿Y ahora qué?’ ‘¿Qué hago ahora?’” Aun así, dijo que no vivió ese dolor de una manera especialmente intensa, a pesar de sentirse muy sola. Su historia muestra cómo incluso los movimientos que elegimos pueden provocar emociones profundas.
Para muchas personas, especialmente desde fuera, la migración se celebra a menudo como un acto de valentía. De lo que menos se habla es de lo que se puede romper por dentro. Psiquiatra Marian Rojas aborda esto en su podcast. En uno de sus episodios, la experta en salud mental reflexiona sobre la incertidumbre, la nostalgia e incluso la tristeza que puede aflorar cuando alguien da el salto y empieza de nuevo en un lugar nuevo.
El psiquiatra pone palabras a ese vacío silencioso que muchas veces acompaña a un cambio de ubicación. En esencia, explica, el duelo migratorio aparece cuando “extrañas algo y tienes que lidiar con esa pérdida”. No es un sentimiento fugaz ni romántico. Es vivir con ausencia, porque “una parte de tu corazón todavía está unida” al lugar, y todo lo que conlleva, que dejaste atrás.
Como sucedió con Elsa Pataky, al principio puede que te sientas emocionado, concentrado en el motivo por el que diste el paso. En su caso, fue para avanzar en su carrera. Pero con el tiempo, la nostalgia puede aparecer por cosas cotidianas que ya no están cerca o no son de fácil acceso.
Podría ser la pausa para tomar café a media mañana con compañeros de trabajo, el desafío de hablar con la familia porque estás en una zona horaria diferente, el abrazo de un amigo cercano que ahora vive a cientos de kilómetros de distancia o el deseo de pasar una tarde viendo una película juntos en lugar de programar un tiempo para transmitirla en línea desde la distancia.
Desde esa herida invisible, Marian Rojas nos recuerda que “migrar no es sólo cambiar de lugar” y que “pertenecer no es sólo vivir en algún lugar”. El contexto importa y moldea profundamente la experiencia emocional. “Cuando migras por elección, hay dolor, pero cuando migras para sobrevivir también hay trauma”. La incertidumbre se instala y afecta la identidad, porque “es difícil construir identidad cuando no sabes si te vas a quedar”. Vivir sin saber si habrá continuidad hace que sea difícil sentirse completo en el presente.
El cuerpo y la mente pagan el precio de una adaptación constante. Y aunque hay aspectos positivos como los que mencionó Elsa Pataky, sobre todo encontrarte a ti mismo, los días pueden resultar pesados. “El cerebro cambia con la experiencia. Nada se arregla. Todo se reorganiza”, dice en el episodio. Pero ese cambio no es neutral. En sus palabras, “requiere energía cognitiva constante, todo el tiempo”. Por eso día a día “todo se siente mucho más difícil: memorizar, prestar atención”. No es falta de capacidad. Es un sistema sobrecargado por el esfuerzo de encajar.
Si alguna vez viajó solo por unos días y sintió la necesidad al final del día de tomar una copa con sus amigos o contarle a alguien de su confianza lo que acaba de ver, entonces ha tenido una pequeña idea de cómo se puede sentir el duelo migratorio. En esos momentos sientes la ausencia de compañía. Alguien que intenta reconstruir su vida en un lugar nuevo a menudo experimenta esos sentimientos.
Como explica Marian Rojas, “cuando migras pierdes tu hogar externo y la única estabilidad real está en tu cuerpo”. Lo que viene a continuación no debería sorprendernos. “Es un sistema nervioso que intenta adaptarse a algo nuevo” y “es normal notar cansancio, miedo, voces interiores, que cuesta afrontarlo”. Ponerle nombre te ayuda a dejar de verlo como un fracaso personal.
Lejos de empezar de cero, Marian Rojas insiste en que “Cuando alguien migra, no llega vacío”. Llegan “con recuerdos, recetas, tradiciones, su forma de ver el mundo”. El desafío es “crear un nuevo hogar con lo que llevabas en el corazón, en la mente y en los recuerdos sin soltarlo”. No se trata de olvidar, sino de integrar.
Aunque Elsa Pataky dijo que sabía que siempre podía regresar a casa, y eso le daba una sensación de seguridad, esa no es la realidad de todos. Por eso es fundamental construir ese sentido de hogar del que habla Marian Rojas. No ocurre de la noche a la mañana y no depende sólo del lugar en sí. Hay algunas estrategias que pueden ayudar:
Como concluye el psiquiatra, “hogar no es un lugar o una casa, sino algo más simple”. Puede ser “tu cuerpo aprendiendo a calmarse. Un par de personas que te llaman por tu nombre”. Un lugar donde poco a poco dejas de sentirte extranjero y sientes cariño, comunidad, rutinas”. Al final, migrar es “aprender a vivir con dos mapas dentro de ti”.
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