Sara Carbonero siempre ha defendido que “sería imposible vivir sin música” y prueba de ello son las canciones que comparte en sus redes sociales en función de su estado de ánimo. Tras la muerte de su madre, Goyi Arévalo, el pasado mes de abril, la periodista se refugió en temas tan significativos como Sin ti, el clásico de 1999 de Marco Antonio Solís, versionado por Dani Fernández, o Historia de un sueño, de La Oreja de Van Gogh, un tema compuesto por Xabier San Martín que habla de una madre que, tras fallecer, se aparece en sueños a su hija para despedirse y transmitirle un mensaje de calma y amor. Ahora, con la llegada del otoño, Sara ha reconocido que no puede parar de escuchar Fantasmas, de Hume, que reflexiona sobre cómo los recuerdos de los seres queridos que ya no están con nosotros siguen vivos en nuestro interior.
Más allá de las canciones, Sara encuentra sanación en las notas del piano de su casa. Aunque ella fue a clases para aprender a tocar este instrumento, es su hijo Lucas, de diez años, quien más lo está disfrutando. La periodista ha capturado este momento de calma, una escena cotidiana en el salón. Mientras ella lee o descansa en el sofá, su hijo se sienta a interpretar una partitura, llenando la casa de vida, haciendo que, por un instante, el dolor por la pérdida de su madre duela un poco menos.
La música, en el proceso de duelo, es una herramienta que puede ayudarnos a dar espacio a las emociones dolorosas y servirnos de canalización de las mismas. Es necesaria para poder transitar el duelo de manera sana y, sobre todo, para ayudarnos a mantener vivo el recuerdo de quienes ya no están.
Sara Carbonero dio a luz a su hijo Lucas el 2 de junio de 2016. Diez años después, la periodista no puede estar más orgullosa del niño en el que se ha convertido aquel bebé que llegó a su mundo para revolucionarlo todo. Según ha contado, Lucas: juega al fútbol como portero, siguiendo así los pasos profesionales de su padre, Iker Casillas; muestra una gran curiosidad por la fotografía; es un lector entusiasta; amante de la naturaleza (especialmente del mar), y un auténtico fan de los disfraces. Pero, por encima de todo, es un niño que adora profundamente a su hermano mayor, Martín.
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