A última hora de la tarde, cuando el sol comienza a descender hacia las montañas del interior y su luz pinta las crestas de arena de un color ámbar, el viento arranca a las dunas un velo fino de arena que se disuelve en el azul del cielo. Desde el Mirador de las Dunas, el paisaje dunar de Maspalomas se extiende como un pequeño Sáhara atrapado en el extremo sur de Gran Canaria: colinas de arena rubia que, milímetro a milímetro, avanzan impulsadas por el alisio. Camino por uno de los senderos señalizados que se adentran en la reserva –sobre arena suelta en la que mis pies se hunden hasta el tobillo– y, a lo lejos, la silueta ocre del faro me anuncia el final del camino. No hay ruido de motores ni música de chiringuito. Solo el viento, el rumor lejano del mar y las huellas de otros caminantes, que la brisa va borrando poco a poco.
Esta es la primera sorpresa de Maspalomas: que el mayor centro turístico de Gran Canaria esconde, en su mismísimo corazón, un desierto protegido donde el tiempo discurre al compás del lento avance de la arena. La segunda sorpresa no se hace esperar: la forma en la que este rincón del municipio de San Bartolomé de Tirajana ha perfeccionado el descanso hasta convertirlo en una forma de vida. Hoteles de diseño, paseos entre dunas, lagunas y palmerales, terapias acuáticas y escapadas rurales en las que el queso y el café se elaboran a mano. Y es que, en Maspalomas, el sol y la playa son solo el punto de partida.
El viajero que llega a Maspalomas no tarda en descubrir que aquí los hoteles no se limitan a dar cobijo, sino que forman parte esencial de la experiencia. El Seaside Palm Beach es el mejor ejemplo de ello. Construido en los años 70 con una fachada curva que recuerda al Miami de aquella década, el hotel se levanta literalmente dentro del palmeral que bordea una reserva natural, a solo unos metros de la playa. Su interiorismo lleva la firma del diseñador parisino Alberto Pinto, quien, durante la renovación del edificio, apostó por revivir el espíritu retro de sus orígenes: moquetas de dibujos geométricos, sillones icónicos como el ‘Barcelona’ de Mies van der Rohe y Lilly Reich o los Diamond y Side de Harry Bertoia, lámparas que parecen sacadas de una película de la época e incluso obras de arte de genios como Alexander Calder —uno de sus célebres móviles parece flotar en el vestíbulo— o el pintor Jean-Diego Membrive. El resultado le valió ser el primer hotel de Canarias en ingresar en la colección Design Hotels.
Pero el Palm Beach no solo atrae a los huéspedes por su estética. Sus cinco piscinas —de la climatizada de agua dulce a la mineralizada que se mantiene entre 30 y 33 grados junto al spa— y una propuesta gastronómica que ha hecho de la tapa un ejercicio de alta cocina explican por qué tantos huéspedes regresan año tras año. En La Bodega, el restaurante de tapas del hotel, la cocina canaria se refleja en la carta gracias a platos como el salmón ahumado y los quesos de Uga, la trilogía de papas con salsas picantes o el brownie de gofio, nueces y dátiles: son guiños isleños que el chef ejecutivo Steffen Schenk reinterpreta utilizando productos del mercado local.
La huella creativa de Alberto Pinto conduce, a pocos pasos de aquí, hasta otro alojamiento único: el Grand Hotel Residencia, donde el diseñador empleó un estilo completamente diferente. Aquí no hay rastro del glamour de los años 70, sino un elegante estilo colonial: villas de dos plantas alrededor de la piscina, muebles de teca y azulejos portugueses pintados a mano. Con solo 94 habitaciones y rodeado de un palmeral que forma un oasis en el sur de la isla, este hotel, miembro de la red The Leading Hotels of the World, es uno de los refugios más exclusivos del archipiélago. Su restaurante, dirigido desde 2011 por el chef Wolfgang Grobauer —curtido en cocinas con estrellas Michelin de Alemania y Francia— luce un Sol Repsol. Desde algunas de sus villas, se divisan las dunas por un lado y las cumbres del interior por otro: toda la geografía del sur en una sola estampa. Un entorno que explica la lista de huéspedes ilustres que el hotel ha ido sumando discretamente: en sus villas se han alojado, entre otros, Bruce Springsteen, Ursula Andress, Christopher Lee, Orlando Bloom, Juan Luis Guerra, Georgina Rodríguez o la pareja formada por Cristina Pedroche y el chef Dabiz Muñoz.
Por muy tentador que resulte refugiarse en el hotel, merece la pena salir del oasis. La mejor manera de entender Maspalomas es recorrerla a pie, y hay una ruta que lo condensa todo: la que arranca del Mirador de las Dunas y desemboca en el faro, atravesando parte de la Reserva Natural Especial de las Dunas de Maspalomas. El espacio protegido solo se puede recorrer por su red de senderos señalizados: tres caminos relativamente cortos y llanos (uno de ellos se bifurca en dos ramales), aunque algunos tramos se complican debido a la arena suelta. Para este recorrido bastan dos senderos: el que une el mirador con la Charca de Maspalomas, de 2,3 kilómetros, y el que baja hasta la playa; desde allí, el paseo continúa por la orilla hasta el faro.
En la reserva conviven tres ecosistemas en un territorio sorprendentemente pequeño. El primero son las dunas móviles, algunas de las cuales alcanzan más de diez metros de altura y que el viento moldea y desplaza sin cesar; está prohibido caminar fuera de los senderos señalizados —cada pisada altera la dinámica de la arena que da vida al sistema de dunas—, pero contemplarlas desde el sendero al atardecer, cuando la luz rasante perfila una tras otra las onduladas curvas de la arena, es una de esas experiencias que dan sentido al viaje. Le sigue la Charca, una laguna costera de aguas poco profundas donde se refugian aves migratorias que cruzan el Atlántico entre Europa y África; conviene detenerse en silencio junto a la orilla y, prismáticos o cámara en mano, disfrutar del espectáculo. El tercer ecosistema es el Palmeral, un bosque de palmeras canarias —especie endémica que salpica la orografía de todo el archipiélago— que da sombra al tramo final del recorrido.
El paseo termina a los pies del faro de Maspalomas, una de las construcciones icónicas del sur grancanario. Lo diseñó el ingeniero Juan de León y Castillo cuando este rincón de la isla era un paraje desértico sin carreteras —hubo que construir un muelle para desembarcar los materiales— y su luz se encendió por primera vez el 1 de febrero de 1890 para guiar a los vapores que cubrían las rutas entre Europa, América y África. Hoy, con sus casi 60 metros de altura y su condición de Bien de Interés Cultural, sigue siendo la referencia visual de toda la costa.
A partir del faro, Maspalomas se transforma. Hacia el este se extiende la playa que ha dado fama al lugar: casi tres kilómetros de arena fina que, junto con la Playa del Inglés, conforman el arenal más extenso de Gran Canaria, distinguido con la bandera azul desde 1990. Hacia el oeste comienza el paseo de Meloneras, la milla de oro del sur: terrazas con vistas al mar, boutiques y restaurantes donde la puesta de sol constituye un pequeño ritual social. Al caer la tarde, las mesas del paseo se llenan y los pescadores de caña ocupan su puesto frente al faro, ajenos al trasiego de turistas.
Este rincón del Atlántico, en cualquier caso, no es solo un paisaje para contemplar. En las aguas del sur de la isla se concentra una de las ofertas náuticas más completas de Canarias: windsurf y vela, impulsados por el mismo alisio que esculpe las dunas, inmersiones entre fondos volcánicos, salidas de pesca de altura desde el puerto deportivo de Pasito Blanco y excursiones para avistar delfines y calderones en su hábitat natural. Y para quienes prefieren la hierba al agua salada, en los alrededores hay tres campos de golf de 18 hoyos; en el de Maspalomas se juega al golf con las dunas como telón de fondo.
En Maspalomas, el concepto de bienestar adquiere una dimensión menos previsible que los centros de spa y talasoterapia. A pocos minutos del bullicio costero, barranco adentro, la Finca Las Orillas es un oasis —otro más— de flora autóctona, hierbas medicinales y cultivos ecológicos, donde el proyecto Sana Dharma organiza retiros y experiencias para recuperar la armonía interior. La propuesta va del glamping —siete tiendas equipadas entre palmeras— a un abanico de prácticas que se inspiran en tradiciones diversas: yoga, meditación, rituales sonoros…
Nosotros probamos dos de ellas. La primera fue una sesión de breathwork: una hora tumbados en una esterilla, en penumbra y con los ojos cerrados, siguiendo un patrón de respiración consciente que —según explican sus fundadoras, las terapeutas Nayra Plo y Melanie Meier— reduce la actividad de la mente analítica y abre la puerta a estados de relajación profunda. La segunda, denominada dharma aquahealing, se practica dentro de la piscina climatizada de agua salada: una inmersión que combina respiración, apnea, estiramientos y técnicas de masaje aplicadas en el agua, mientras el cuerpo flota sostenido por una terapeuta. Cuesta describir la sensación de abandono que provoca; baste decir que, al salir del agua, el reloj había avanzado mucho más de lo que parecía. En un destino consagrado al descanso, esta es su versión más profunda y espiritual.
Maspalomas da para llenar una semana entera sin salir de sus límites y, si se tiene en cuenta también el interior del municipio, aún más: la carretera de Fataga asciende por el barranco conocido como el Valle de las Mil Palmeras —con un alto en el caserío del mismo nombre y sus casas tradicionales— hasta Tunte, la capital municipal, donde, en pleno corazón de la Caldera de Tirajana, se encuentra la iglesia de San Bartolomé y reina el pulso sereno de la vida rural canaria; para quienes quieran cambiar la arena por el bosque, los pinares centenarios del Parque Natural de Pilancones ofrecen senderos frescos y sombreados. Pero Gran Canaria —que presume, con razón, de ser un continente en miniatura: desde el desierto costero al pinar de cumbre media, apenas una hora de coche— invita a dedicar al menos una jornada a explorar el resto de la isla. Dos escapadas bastan para justificar con creces la excursión.
La primera nos lleva a Agüimes, a media hora por la autopista del este, donde Ana Calderín ha convertido la finca familiar en La Jaira de Ana, una granja escuela dedicada a la cabra majorera, una raza autóctona canaria que, como ella misma explica, adora el calor y detesta el frío. La historia del proyecto es la historia de su familia: su padre proviene de una estirpe de pastores y su madre empezó a criar cabras cuando a su hermano pequeño le diagnosticaron intolerancia a la proteína de la leche de vaca. “Fue criar la cabrita y la recuperación de mi hermano fue bestial”, cuenta Ana, que hoy abre la granja “de lunes a domingo, todo el año” para talleres de ordeño y de elaboración de queso artesanal con leche cruda. La visita termina con una degustación de quesos, gofio, aceitunas y tomates que resume la despensa canaria.
La segunda visita atraviesa toda la isla hasta el valle de Agaete, en el noroeste, donde se esconde una rareza agrícola: uno de los pocos lugares de Europa con una tradición consolidada de cultivo de café, que aquí se remonta a dos siglos. En la Finca La Laja, sede de la Bodega Los Berrazales, Víctor Lugo recibe al visitante con una energía que parece confirmar sus propios hábitos: asegura tomar ocho cafés al día –”siempre arábica y natural”, subraya–. A la sombra de mangos y aguacateros crecen los cafetos de variedad Typica, cuyos granos —recolectados a mano y secados al sol— regalan un café suave, con notas de chocolate y sin apenas amargor. “Estamos exportando nuestro café a más de 40 países, pero no pagamos ni transporte ni aduanas, porque se lo llevan en las manos las 100.000 personas que nos visitan al año”, resume Víctor entre risas. La visita por las terrazas concluye con una cata de vinos de la bodega, nacidos de viñedos en suelo volcánico, y con el consejo que el anfitrión repite como un mantra: café arábica, natural y siempre en grano.
De vuelta en Maspalomas, con la caída de la tarde, el faro enciende su linterna, como cada noche desde 1890, y el alisio sigue con su tarea en las dunas: alisa crestas, borra huellas y redibuja el paisaje grano a grano. Quizá sea esa la última enseñanza del sur de Gran Canaria: que aquí hasta el paisaje practica, desde mucho antes que nosotros, el arte de vivir despacio.
Maspalomas ocupa el extremo sur de Gran Canaria, en el municipio de San Bartolomé de Tirajana, el más extenso de la isla. La autopista GC-1 la conecta con el aeropuerto de Gran Canaria en poco más de media hora. Dentro del enclave, casi todo puede hacerse a pie o en bicicleta, pero el coche de alquiler es la mejor opción para las excursiones al interior —Fataga, Tunte, Pilancones— y para cruzar la isla hasta el valle de Agaete.
Los clásicos canarios están aquí en su salsa: papas arrugadas con mojo, potajes de berros, pescado fresco del litoral y quesos artesanos de cabra majorera, como los que elabora La Jaira de Ana en Agüimes. El gofio, herencia aborigen, se cuela hasta en los postres —el brownie de gofio de La Bodega es buena prueba—. Y para el final del viaje, dos recuerdos líquidos: el café arábica del valle de Agaete, suave y con notas achocolatadas, y los vinos de suelo volcánico de Los Berrazales.
El Seaside Palm Beach, junto a la reserva natural y a unos metros de la playa, es uno de los hoteles con más personalidad de Canarias: diseño retro de los setenta firmado por Alberto Pinto, cinco piscinas climatizadas y una oferta gastronómica que fideliza a sus huéspedes año tras año; su club infantil lo hace además muy apetecible para familias. Quien busque el capricho absoluto tiene la respuesta en el Grand Hotel Residencia, un cinco estrellas gran lujo de estilo colonial con solo 94 habitaciones repartidas en villas entre palmeras, miembro de The Leading Hotels of the World. Y para dormir de otra manera, el glamping de la Finca Las Orillas propone tiendas equipadas bajo las estrellas del barranco.
En La Bodega, el restaurante de tapas del Seaside Palm Beach, el recetario español se eleva a alta cocina con guiños isleños como el gazpacho de plátano y langosta. Sobre la misma playa de Maspalomas, junto al faro, El Senador Beach House sirve arroces, mariscos y cocina mediterránea con esencia local frente al Atlántico; su Sun Lounge, con camas balinesas y jacuzzi mirando al mar, es el plan más trendy del sur de la isla. Y si la ruta lleva al valle de Agaete, la Casa Romántica de la familia de la Bodega Los Berrazales rinde homenaje al producto de los 21 municipios grancanarios con menús bautizados con nombres de poetas isleños.
Las dunas solo pueden recorrerse por los tres senderos balizados de la reserva: caminar fuera de ellos altera un ecosistema frágil (y está prohibido). Conviene llevar agua y calzado cómodo –la arena suelta hace que cada paso cuente doble– y reservar la última hora de la tarde para la fotografía, cuando la luz rasante esculpe el campo dunar. Las experiencias de Sana Dharma y las visitas a La Jaira de Ana y a la Finca La Laja trabajan con grupos reducidos, así que es imprescindible reservar con antelación; lo mismo vale para una mesa al atardecer en El Senador.
| Play | Cover | Release Label |
Track Title Track Authors |
|---|