Un palo, una caja de cartón y toda una tarde libre por delante: eso bastaba para afrontar las largas horas del verano para muchos niños crecidos en los años 70 y 80. La infancia ha cambiado radicalmente en apenas dos generaciones. Durante esas décadas, el aburrimiento no era una carencia que había que solucionar de inmediato, sino el catalizador indispensable para activar la imaginación y la autonomía a través del juego improvisado en la calle.
Hoy, en un escenario dominado por agendas saturadas, sobreestimulación y pantallas que entregan recompensas al instante, la capacidad de los niños para gestionar la espera y la frustración se encuentra bajo mínimos. Analizamos junto a la psicóloga María Jesús Andrés, de Psicomaster, cómo el juego libre analógico moldea el cerebro infantil, por qué el aburrimiento funciona como un motor psicológico clave y cómo acompañar a las nuevas generaciones en este entorno hipertecnológico sin caer en la culpa ni en la sobreprotección.
Cuando un niño de los años 70 u 80 convertía una simple caja de cartón en un coche o un palo en una espada, ¿qué mecanismos cognitivos y cerebrales se estaban activando en comparación con un juego hiperestructurado o una pantalla?
Cuando un niño transforma una caja en un coche, tiene que construir mentalmente aquello que todavía no existe. Para ello activa procesos como la imaginación, el pensamiento simbólico, la planificación y la flexibilidad cognitiva. La caja deja de ser únicamente una caja y adquiere distintos significados en función del juego. Esa capacidad de atribuir nuevas funciones a un objeto es una manifestación del pensamiento divergente, que permite encontrar varias soluciones o posibilidades ante una misma realidad.
También intervienen las funciones ejecutivas: el niño debe plantear una idea, organizar los pasos necesarios para desarrollarla, mantener la atención, modificar el juego cuando algo no funciona y controlar sus impulsos para seguir unas reglas, aunque las haya inventado él mismo.
En un juego muy estructurado o en una pantalla, parte de ese trabajo ya viene realizado. Los personajes, las normas, los objetivos y los estímulos suelen estar predeterminados. Esto no significa que todos los videojuegos o juguetes tecnológicos sean negativos, ya que algunos también exigen estrategia, memoria o resolución de problemas. La diferencia está en el grado de participación activa del niño: cuanto más cerrado esté el juego, menos necesidad existe de imaginar qué hacer con él.
No podemos afirmar que las pantallas sean por sí solas la causa de una menor tolerancia a la frustración. Influyen también el estilo educativo, el descanso, el temperamento, la edad y el contexto familiar
En aquellas décadas, el aburrimiento era el paso previo inevitable al juego. Desde la psicología, ¿por qué aburrirse es un estímulo necesario para que el cerebro desarrolle iniciativa propia y solución creativa de problemas?
El aburrimiento genera una pequeña incomodidad: la sensación de no saber qué hacer. Precisamente esa incomodidad puede convertirse en el punto de partida de la iniciativa. Cuando nadie ofrece inmediatamente una actividad, el niño tiene que explorar su entorno, identificar qué le interesa, tomar una decisión y poner en marcha una idea.
Este proceso favorece la autonomía porque el niño deja de depender de un estímulo externo para entretenerse. Aprende que puede generar actividad a partir de sus propios recursos. También desarrolla tolerancia a la espera, capacidad para observar y creatividad para utilizar aquello que tiene disponible.
No se trata de defender un aburrimiento permanente ni de dejar al niño completamente desatendido. El aburrimiento es útil cuando aparece dentro de un entorno seguro, con tiempo, materiales sencillos y presencia adulta disponible, pero no invasiva. Es un espacio en el que inicialmente puede surgir malestar, pero donde después aparece la oportunidad de inventar.
Hoy en día, las pantallas y los juguetes hipertecnológicos entregan la narrativa lista y la recompensa de forma inmediata. ¿De qué manera esta gratificación instantánea está erosionando la capacidad del niño para sostener el esfuerzo y encajar el fracaso?
Cuando el niño se acostumbra a recibir estímulos intensos, novedades constantes y recompensas rápidas, las actividades que requieren espera, repetición o esfuerzo pueden resultarle menos atractivas. Leer, construir algo, hacer un puzle o aprender una habilidad implica atravesar momentos de dificultad en los que la recompensa no es inmediata.
Si cada señal de aburrimiento o frustración se resuelve con una pantalla, el niño pierde oportunidades de comprobar que el malestar puede soportarse y que, después de varios intentos, puede llegar la satisfacción. La tolerancia a la frustración no se aprende mediante una explicación teórica, sino viviendo pequeñas experiencias en las que algo no sale, se prueba otra estrategia y finalmente se acepta o se resuelve.
No podemos afirmar que las pantallas sean por sí solas la causa de una menor tolerancia a la frustración. Influyen también el estilo educativo, el descanso, el temperamento, la edad y el contexto familiar. Sin embargo, un consumo muy frecuente y basado en recompensas inmediatas sí puede dificultar el entrenamiento de la espera y del esfuerzo sostenido.
Pasamos de tardes enteras de juego libre en la calle a tardes planificadas al minuto con extraescolares y actividades dirigidas. ¿Qué ocurre en la psique infantil cuando nunca hay espacio para la autodirección o el “descontrol controlado”?
Cuando todas las actividades están organizadas por adultos, el niño puede volverse muy competente siguiendo instrucciones, pero tener más dificultades para decidir qué quiere hacer cuando nadie le marca el camino. Puede aparecer dependencia de la dirección externa: “¿Ahora qué hago?”, “¿A qué jugamos?” o “Me aburro” se convierten en demandas constantes hacia los adultos.
El juego libre permite ensayar decisiones con consecuencias pequeñas. El niño elige, se equivoca, cambia de idea, negocia y descubre sus propios intereses. Ese “descontrol controlado” no implica ausencia de límites, sino libertad dentro de un entorno seguro.
Las actividades extraescolares pueden ser muy beneficiosas, pero dejan de serlo cuando ocupan todo el tiempo disponible o responden más a la ansiedad adulta por aprovechar cada minuto que a las necesidades del niño. La infancia también necesita momentos sin objetivos productivos, en los que no haya que aprender, mejorar ni rendir.
El aburrimiento es útil cuando aparece dentro de un entorno seguro, con tiempo, materiales sencillos y presencia adulta disponible, pero no invasiva
Cada vez vemos a más niños con rabietas intensas cuando algo no sale a la primera o cuando la pantalla se apaga. ¿Existe una relación directa entre la falta de entrenamiento en el juego analógico libre y esta mayor fragilidad emocional?
No podemos establecer una relación directa y única, porque las rabietas forman parte del desarrollo infantil y dependen de numerosos factores: la edad, el temperamento, el cansancio, el hambre, el sueño, las habilidades lingüísticas, el estilo de crianza o la presencia de alguna dificultad emocional o del neurodesarrollo.
Sin embargo, el juego libre ofrece un contexto natural para entrenar la frustración. Una torre se cae, una pieza no encaja, el compañero cambia las reglas o el juego no sale como se esperaba. En esas situaciones, el niño tiene que parar, adaptarse, pedir ayuda, insistir o aceptar la pérdida.
Cuando predominan experiencias diseñadas para mantener una estimulación constante y evitar cualquier incomodidad, existen menos oportunidades para practicar estas habilidades. Además, apagar una pantalla puede provocar una reacción intensa porque se interrumpe bruscamente una actividad altamente estimulante y gratificante. La respuesta no debe consistir en demonizar la tecnología, sino en establecer límites previsibles y combinarla con experiencias de juego más lentas, físicas y abiertas.
En los años 70 y 80, al inventar las reglas del juego entre iguales, los niños aprendían a negociar, ceder y gestionar el conflicto de forma autónoma. ¿Cómo afecta la presencia constante del adulto o el aislamiento frente a pantallas en estas habilidades sociales básicas?
Cuando los niños crean un juego juntos, necesitan ponerse de acuerdo sobre las reglas, repartir los papeles, resolver desacuerdos y decidir qué ocurre cuando alguien incumple lo pactado. Estas interacciones desarrollan habilidades como la empatía, la comunicación, la negociación y la capacidad de reparar un conflicto.
Si el adulto interviene inmediatamente ante cualquier discusión, los niños pueden aprender que la solución siempre llega desde fuera. Es importante diferenciar entre una situación de riesgo, acoso o violencia, que requiere intervención, y un conflicto cotidiano entre iguales, ante el que el adulto puede observar, acompañar y dar tiempo para que intenten resolverlo.
Por otra parte, el aislamiento excesivo frente a pantallas reduce las ocasiones de interpretar gestos, tonos de voz, silencios y reacciones emocionales reales. La interacción digital también puede tener un componente social, pero no sustituye completamente la complejidad del encuentro presencial, especialmente durante la infancia.
El juego libre ofrece un contexto natural para entrenar la frustración: una torre se cae, una pieza no encaja, el compañero cambia las reglas o el juego no sale como se esperaba
En un entorno que empuja al consumo digital y a la hiperactividad, ¿cómo pueden los padres resistir la culpa de ver a sus hijos “aburridos” y acompañar esa transición sin actuar de animadores constantes?
En primer lugar, es importante que comprendan que aburrirse durante un tiempo no significa que el niño esté sufriendo ni que estén fallando como padres. No es necesario resolver inmediatamente cada momento de vacío. Se puede validar la emoción diciendo: “Entiendo que ahora no sabes qué hacer”, sin ofrecer de manera automática una pantalla o una actividad.
También ayuda establecer momentos cotidianos sin dispositivos y ofrecer materiales abiertos: cajas, piezas de construcción, pinturas, disfraces, telas, libros o elementos de la naturaleza. Son objetos que no indican una única manera de jugar.
Al principio, es normal que el niño proteste o reclame atención. Si está acostumbrado a una estimulación continua, necesita un periodo de adaptación. El adulto puede acompañar el inicio con una pregunta o una pequeña propuesta, pero después debe retirarse progresivamente: “¿Qué podrías construir con esto?” es diferente a dirigir todo el juego.
También es importante revisar el ejemplo familiar. Resulta difícil pedir a un niño que tolere el aburrimiento si observa que los adultos consultan el móvil en cada pausa o momento de espera.
Para finalizar, si tenemos en cuenta esta comparación entre las décadas pasadas y la actualidad, ¿podríamos decir que cualquier tiempo pasado fue mejor en este caso?
No sería justo afirmar que cualquier tiempo pasado fue mejor. En los años 70 y 80 existía más juego libre y menos sobreestimulación digital, pero también había menos conocimiento sobre salud mental infantil, menos supervisión en algunas situaciones y necesidades emocionales que con frecuencia no eran atendidas.
La actualidad ofrece enormes ventajas: mayor acceso a información, recursos educativos, juegos de gran calidad y una conciencia más amplia sobre el desarrollo emocional. El problema no es la modernidad ni la tecnología en sí misma, sino el desequilibrio.
No necesitamos reproducir exactamente la infancia de décadas anteriores, sino recuperar algunos de sus elementos más valiosos: tiempo libre, juego no dirigido, contacto con otros niños, movimiento, imaginación y tolerancia al aburrimiento. La clave no está en eliminar las pantallas, está en evitar que ocupen todos los espacios en los que antes el niño aprendía a inventar, esperar, frustrarse y volver a intentarlo.
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