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La reflexión de Ester Expósito sobre crecer demasiado deprisa, según una psicóloga: “La adolescencia es una etapa para probar, equivocarse y descubrir quién se es”

September 11, 2026 - farandula
La reflexión de Ester Expósito sobre crecer demasiado deprisa, según una psicóloga: “La adolescencia es una etapa para probar, equivocarse y descubrir quién se es”


Sentirse más mayor de lo que marca el DNI y experimentar una prisa irrefrenable por comerse el mundo es un rasgo sorprendentemente común en jóvenes que descubren su vocación a edades muy tempranas. El caso de Ester Expósito ilustra a la perfección esta prisa por crecer: “De pequeña solo quería actuar y trabajar. Tenía muchas ansias por vivirlo todo y muy rápido”, ha confesado la actriz en una entrevista con Harper’s Bazaar al recordar una infancia y adolescencia marcadas por la certeza de lo que quería ser. Sus padres creían que “el lugar de una niña no era ese”, por lo que optaron a apuntarla a las clases de teatro del colegio. “Ahora lo entiendo y lo agradezco”, reflexiona. 

El testimonio de la protagonista de Élite, de 26 años, pone sobre la mesa un dilema: ¿qué ocurre cuando la madurez percibida y la ambición desmedida van varios pasos por delante de la edad biológica? A través de su historia, y con la ayuda de la psicóloga Lara Ferreiro, analizamos cómo gestionar el ímpetu de los adolescentes que tienen su meta fijada desde niños y el imprescindible papel de los padres, que a menudo deben actuar como ancla para recordarles que el talento necesita formación, contención y, sobre todo, no saltarse las etapas fundamentales del camino.

 

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Lara Ferreiro, psicóloga

Hay adolescentes con un deseo de madurez prematura, que se sienten más mayores de lo que realmente son. ¿Qué procesos psicológicos llevan a un adolescente a percibir que no encaja en su grupo de edad y a querer saltarse etapas de su desarrollo?

Durante la adolescencia, una de las principales tareas psicológicas es construir una identidad propia. A esas edades uno empieza a preguntarse quién es, qué quiere, qué valores tiene y en qué se diferencia de los demás. Por eso, cuando siente que no comparte los mismos intereses que su grupo, puede aparecer la idea de “yo soy más maduro que ellos”.

También aparece con mucha fuerza la necesidad de independencia. Durante esta etapa aumenta el deseo de tomar decisiones propias, disponer de intimidad y dejar de ser tratado como un niño. Sin embargo, el adolescente continúa dependiendo de su familia y sigue sometido a normas escolares, familiares y sociales. Esto puede generar una contradicción importante: sentirse preparado para determinadas cosas pero no tener todavía la libertad para hacerlas. Por eso algunos adolescentes empiezan a ver la adultez como una etapa ideal en la que finalmente podrán decidir por sí mismos. En ese caso, no desean únicamente “tener más años”, sino alcanzar todo aquello que relacionan con ser adulto: libertad, respeto, independencia y capacidad de controlar su propia vida.

No todos tienen que descubrir su vocación a los 16 años, tener claro su futuro a los 18 o sentirse seguros de sí mismos a los 20

Lara Ferreiro, psicóloga

¿Existe hoy en día una presión social o cultural mayor para que los jóvenes vivan “demasiado deprisa” y alcancen metas adultas a edades cada vez más tempranas?

Sí, actualmente puede hablarse de una presión social y cultural importante para que muchos jóvenes parezcan tener su vida resuelta cada vez antes. Sin embargo, no necesariamente se alcanzan antes los grandes hitos de la vida adulta como independizarse, comprar una vivienda o formar una familia, pero sí existe una presión mayor por demostrar desde edades tempranas que se tiene éxito, una identidad definida, un buen aspecto físico y un futuro planificado.

Esta presión empieza a sentirse ya durante la adolescencia. Una de las razones principales es que los jóvenes viven rodeados de comparaciones. Antes, una persona se comparaba principalmente con sus compañeros de clase, familiares o personas de su entorno cercano. Hoy, mediante las redes sociales, puede compararse diariamente con cientos de personas que muestran sus logros, su aspecto físico, sus relaciones, sus viajes o sus proyectos. El problema es que estas imágenes suelen mostrar únicamente una parte seleccionada de la realidad. El adolescente puede terminar comparando su vida cotidiana, llena de dudas y momentos normales, con los momentos más atractivos de la vida de otras personas.

Considero que no podemos pedirles a los adolescentes que tengan respuestas de adultos cuando todavía están construyendo quiénes son. A veces, sin darnos cuenta, les exigimos que sepan qué quieren estudiar, a qué quieren dedicarse, cómo quieren ser o incluso qué tipo de vida desean tener, cuando precisamente la adolescencia es la etapa en la que deberían poder explorar todas esas preguntas sin sentir que equivocarse supone quedarse atrás.

Además, uno de los mayores riesgos actuales es transmitirles la idea de que cada decisión que toman va a determinar todo su futuro. Los jóvenes necesitan objetivos, responsabilidad y acompañamiento, pero también necesitan permiso para cambiar de opinión. Elegir una opción y después descubrir que no era la adecuada no significa fracasar; también forma parte del proceso de conocerse. No todos tienen que descubrir su vocación a los 16 años, tener claro su futuro a los 18 o sentirse seguros de sí mismos a los 20.

Ester Expósito en el Festival de Cannes© Getty Images

¿De dónde piensa que nacen esas ansias por vivirlo todo y muy rápido? ¿Es búsqueda de identidad, necesidad de validación o un reflejo del ritmo inmediato en el que vivimos hoy?

Creo que esas ansias por vivirlo todo y hacerlo cuanto antes nacen de varios factores que se mezclan entre sí. Por un lado, está la propia adolescencia, que es una etapa en la que aparece con mucha fuerza la necesidad de descubrir quién se es. El adolescente empieza a separarse progresivamente de la identidad infantil, busca nuevas experiencias, prueba distintos roles y necesita comprobar hasta dónde puede llegar. En ese sentido, querer vivir cosas nuevas forma parte del desarrollo normal.

El problema aparece cuando esa curiosidad natural se transforma en una sensación de urgencia, como si hubiese que vivir determinadas experiencias antes que los demás o dentro de una edad concreta. Ahí empieza a tener mucho peso la necesidad de validación. Durante la adolescencia, la opinión de los iguales adquiere una importancia enorme, porque el grupo funciona como un espejo en el que uno se mira para saber si encaja, si es aceptado o si está “al mismo nivel” que los demás.

A esto se suma el ritmo de vida actual. Vivimos en una cultura marcada por la inmediatez: queremos respuestas rápidas, resultados rápidos y estímulos constantes. Las redes sociales han reforzado todavía más esta sensación. En pocos minutos un adolescente puede ver a una persona viajando, a otra celebrando un logro académico, a otra mostrando una relación de pareja y a otra hablando de independencia económica. Aunque racionalmente sepamos que son vidas distintas y momentos seleccionados, emocionalmente puede parecer que todo está sucediendo a la vez y que uno debería estar viviendo también todas esas experiencias.

Creo que ahí aparece una de las grandes dificultades actuales: se ha reducido mucho el espacio para esperar. Esperar a sentirse preparado, esperar a descubrir qué queremos, esperar a que llegue una experiencia de manera natural o simplemente aceptar que todavía no nos toca. Parece que todo tiene que ocurrir ya, y esa lógica también acaba entrando en la forma en la que algunos jóvenes entienden su propia vida.

Personalmente, considero que deberíamos enseñar mucho más el valor de los procesos lentos. Hay cosas que necesitan tiempo: conocerse, construir una autoestima sólida, crear relaciones sanas o descubrir qué queremos hacer con nuestra vida. No todo tiene que ocurrir durante la adolescencia ni hay una edad exacta en la que deban vivirse determinadas experiencias.

La adolescencia es precisamente una etapa para probar, cambiar de opinión, equivocarse y descubrir quién se es

Lara Ferreiro, psicóloga

A nivel de desarrollo cognitivo y emocional, ¿qué riesgos o costes psicológicos puede tener para un adolescente intentar acelerar su entrada al mundo adulto o profesional?

A nivel cognitivo y emocional, intentar acelerar la entrada al mundo adulto o profesional puede tener diferentes costes psicológicos para un adolescente:

  • Sobrecarga emocional. La adolescencia ya implica muchos cambios personales, familiares y sociales. Si además se añaden responsabilidades propias del mundo adulto, puede aparecer ansiedad, estrés, irritabilidad, cansancio emocional o la sensación constante de “tener que estar a la altura”.
  • Construcción demasiado rápida de la identidad. La adolescencia es precisamente una etapa para probar, cambiar de opinión, equivocarse y descubrir quién se es. 
  • Mayor dificultad ante decisiones complejas. Durante la adolescencia todavía se están desarrollando capacidades relacionadas con la planificación, el control de los impulsos, la valoración de riesgos y la consideración de las consecuencias a largo plazo. Esto no significa que un adolescente no pueda tomar buenas decisiones, sino que necesita tiempo, experiencia y acompañamiento para hacerlo.
  • Pérdida de experiencias propias de su edad. Si un adolescente centra demasiado pronto su vida en trabajar, producir, destacar o prepararse constantemente para el futuro, puede quedarse sin espacios para relacionarse con sus amigos, descubrir aficiones, aburrirse, divertirse o simplemente hacer cosas que no tengan ningún objetivo productivo.
  • Perfeccionismo y miedo al fracaso. Cuando un joven empieza a asociar su valor personal con sus resultados, puede sentir que siempre tiene que rendir, avanzar o demostrar que es capaz. Los errores dejan entonces de verse como una oportunidad para aprender y empiezan a vivirse como un fracaso personal.
  • Necesidad constante de demostrar madurez. Algunos adolescentes construyen una imagen de sí mismos basada en ser “muy responsables” o “muy maduros”. El problema aparece cuando sienten que ya no pueden permitirse dudar, pedir ayuda, llorar, equivocarse o comportarse como jóvenes porque creen que decepcionarían a los demás.
  • Desconexión de las propias necesidades emocionales. Acostumbrarse demasiado pronto a resolver problemas o asumir responsabilidades puede hacer que el joven aprenda a cuidar de todo menos de sí mismo. Puede funcionar aparentemente muy bien y, sin embargo, tener dificultades para reconocer cuándo está cansado, triste, desbordado o necesita ayuda.
  • Riesgo de agotamiento o burnout. Vivir durante años en una dinámica de rendimiento constante puede producir agotamiento físico y psicológico. A veces estos jóvenes llegan a etapas posteriores habiendo cumplido muchos objetivos, pero completamente cansados de tener que demostrar continuamente que pueden con todo.
  • Dificultades en las relaciones. Relacionarse principalmente con personas adultas o asumir dinámicas que no corresponden a su edad puede hacer que el adolescente sienta todavía más distancia respecto a sus iguales. Además, aunque un joven se perciba como muy maduro, siguen existiendo diferencias de experiencia y de poder importantes respecto a un adulto.
  • Sensación de estar siempre pensando en “lo siguiente”. Primero sacar buenas notas, después entrar en una buena universidad, conseguir experiencia, trabajar, independizarse, tener éxito… Cuando este ritmo empieza demasiado pronto, existe el riesgo de vivir constantemente preparando la siguiente etapa en lugar de disfrutar de la actual.

Apoyar su talento no significa empujarle constantemente hacia adelante, sino conseguir que pueda crecer sin perder descanso, vínculos, bienestar emocional y experiencias propias de su edad

Lara Ferreiro, psicóloga

Hay que tener en cuenta el papel de los padres, ¿cómo pueden las familias frenar este ritmo acelerado sin que el adolescente lo sienta como un castigo o una invalidación de su talento y pasión?

La clave no está en “frenar” al adolescente, sino en ayudarle a regular el ritmo sin que sienta que se le está cortando las alas. Las familias pueden hacerlo así:

  • Validar primero, limitar después. Antes de poner un límite, conviene reconocer su interés, su talento o su motivación. Un adolescente acepta mejor un “todavía no” si antes ha sentido un “te veo, entiendo que esto es importante para ti”.
  • Explicar el motivo del límite. Los límites se viven menos como castigo cuando tienen sentido. No es lo mismo decir “no puedes” que explicar “quiero que puedas seguir disfrutando de esto sin que te agote o te haga dejar de lado otras partes importantes de tu vida”.
  • Diferenciar pasión de sobreexigencia. Que algo le apasione no significa que deba ocupar todo su tiempo. Los padres pueden ayudarle a detectar cuándo una actividad sigue siendo ilusionante y cuándo empieza a convertirse en obligación, ansiedad o miedo a quedarse atrás.
  • Evitar convertir el talento en identidad. Es importante no reducir al adolescente a “el que destaca”, “la que tiene futuro” o “el que siempre puede con todo”. Necesita sentir que sigue siendo valioso aunque un día falle, cambie de opinión o decida ir más despacio.
  • Proteger el descanso y el ocio. Dormir, estar con amigos, aburrirse, desconectar o hacer cosas sin finalidad productiva también forman parte de un desarrollo saludable. No todo tiene que estar orientado al rendimiento.
  • Escuchar las emociones, no solo los resultados. Preguntar “¿cómo te está haciendo sentir esto?” puede ser más útil que “¿cómo te ha salido?”. A veces el adolescente sigue rindiendo bien mientras por dentro está agotado o muy presionado.
  • Normalizar el cambio de opinión. Los jóvenes necesitan saber que pueden cambiar de intereses, abandonar una actividad o elegir otro camino sin sentir que han decepcionado a nadie. Cambiar no siempre significa fracasar; muchas veces significa conocerse mejor.
  • No comparar ritmos. Evitar frases como “a tu edad fulanito ya…” o “mira todo lo que ha conseguido”. Cada adolescente tiene un ritmo diferente y las comparaciones pueden reforzar la idea de que siempre hay que correr más.
  • Transmitir que no tiene que demostrar constantemente su valor. Una frase sencilla puede ser muy poderosa: “Confío en ti y en tus capacidades, pero no necesitas hacerlo todo ahora”.

El objetivo de los padres debería ser ayudar al adolescente a construir un ritmo sostenible. Apoyar su talento no significa empujarle constantemente hacia adelante, sino conseguir que pueda crecer sin perder descanso, vínculos, bienestar emocional y experiencias propias de su edad. Un adolescente debería sentir que su familia no está ahí para detenerle, sino para ayudarle a avanzar sin hacerse daño por el camino.

Ester Exposito en el Festival de Televisión de Monte-Carlo 2026© Getty Imágenes

¿Qué diferencia a un adolescente verdaderamente maduro de uno que solo tiene prisa por crecer?

La diferencia principal está en que la verdadera madurez no consiste en parecer mayor, sino en desarrollar recursos internos para manejar lo que uno vive. Un adolescente puede hablar como un adulto, interesarse por temas complejos, querer trabajar pronto o buscar experiencias propias de edades mayores y, aun así, no haber desarrollado todavía una madurez emocional sólida.

Un adolescente verdaderamente maduro suele ser capaz de reconocer sus límites. No necesita demostrar constantemente que puede con todo ni siente vergüenza por pedir ayuda. Por ejemplo, puede aceptar que tiene demasiadas actividades y decidir reducir alguna, o reconocer que una situación le supera y pedir apoyo a sus padres, profesores o amigos. En cambio, un adolescente con prisa por crecer puede insistir en hacerlo todo solo porque pedir ayuda le hace sentir “pequeño” o poco independiente.

Otra diferencia importante está en la toma de decisiones. La madurez implica poder pensar no solo en lo que apetece en el momento, sino también en las consecuencias, valorar riesgos y tolerar que a veces haya que esperar. Por ejemplo, un adolescente maduro puede querer trabajar o empezar un proyecto, pero valorar si es compatible con sus estudios, su descanso y su bienestar. Uno con prisa por crecer puede aceptar cualquier oportunidad simplemente porque le hace sentir más adulto, aunque no haya pensado bien en las consecuencias.

También se nota mucho en la relación con los errores. La persona madura puede equivocarse, reconocerlo y aprender de ello sin sentir que su identidad queda completamente cuestionada. Por ejemplo, si suspende un examen, puede pensar “no me he organizado bien y tengo que cambiar algo”. En cambio, quien tiene mucha prisa por crecer puede vivirlo como “he fallado, no soy tan capaz como pensaba” o intentar ocultarlo para mantener una imagen de control.

La madurez también tiene que ver con la capacidad de tolerar la frustración. No todo ocurre cuando queremos, no siempre obtenemos lo que esperamos y algunas cosas necesitan tiempo. Un adolescente maduro puede entender que no conseguir una beca, una plaza, un trabajo o una relación no significa que su vida se haya detenido. En cambio, uno que vive con urgencia puede sentir que cualquier demora significa quedarse atrás respecto a los demás.

Otro ejemplo puede verse en las relaciones. Un adolescente verdaderamente maduro no necesita tener pareja para demostrar que ya es mayor. Puede esperar, poner límites o salir de una relación si no se siente bien. En cambio, uno con prisa por crecer puede buscar una relación simplemente porque siente que “ya debería haber tenido pareja” o porque todos sus amigos la tienen.

Lo mismo ocurre con las experiencias sociales. Un adolescente maduro puede decidir no beber, no salir una noche o no participar en algo si no le apetece, aunque los demás lo hagan. No necesita demostrar su madurez haciendo cosas que no quiere. En cambio, el adolescente que tiene prisa por crecer puede pensar que ciertas experiencias son obligatorias para dejar de sentirse infantil.

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A largo plazo, cuando estos jóvenes crecen y miran atrás, ¿suelen agradecer ese ‘freno’ que pusieron sus familias o mantienen el resentimiento por no haber empezado antes?

Hay jóvenes que, cuando llegan a la adultez, agradecen profundamente determinados límites que en su momento vivieron con enfado o frustración. Y hay otros que mantienen una sensación de resentimiento porque sienten que su familia no les protegió, sino que les frenó, les invalidó o no confió en sus capacidades. La diferencia suele estar menos en el límite en sí y más en la forma en la que ese límite fue puesto y vivido.

Durante la adolescencia existe una necesidad muy fuerte de autonomía. El joven empieza a construir una identidad más separada de la familia y necesita sentir que puede tomar decisiones propias. Por eso, cuando un padre pone un límite, no siempre se recibe simplemente como una norma: puede interpretarse como “no confían en mí”, “no me consideran capaz” o “siguen viéndome como un niño”. Esa interpretación puede generar mucho enfado aunque la intención de los padres sea proteger.

Con el paso de los años, sin embargo, aparece una mayor capacidad para reinterpretar las experiencias. Un adulto puede mirar atrás con una perspectiva que no tenía a los 15 o 16 años y comprender mejor factores como el riesgo, la presión, la falta de experiencia o las consecuencias a largo plazo. Es entonces cuando algunos límites empiezan a adquirir otro significado.

Desde mi perspectiva he visto en numerosas ocasiones cómo los adolescentes pueden tolerar mejor la frustración que la invalidación. Un joven puede aceptar con el tiempo que sus padres no le permitieran hacer algo. Lo que resulta mucho más difícil de elaborar es haber sentido que aquello que deseaba, pensaba o soñaba fue ridiculizado o ignorado.

También hay que tener en cuenta que un límite adecuado no siempre produce gratitud. A veces los padres esperan que con los años sus hijos reconozcan que “tenían razón”, pero esa no debería ser la finalidad. Podemos tomar una decisión correcta para proteger a un adolescente y que este siga pensando años después que habría preferido otra cosa. Eso no convierte automáticamente el límite en un error.

También influye cuánto espacio se dejó para negociar. No es lo mismo una prohibición absoluta que buscar alternativas. Por ejemplo: “No creemos que puedas asumir cinco tardes de trabajo a la semana, pero podemos valorar dos y revisar dentro de unos meses cómo te está afectando”. Ese tipo de decisiones transmiten algo muy distinto: no se está cerrando la puerta, se está ajustando el ritmo.

Por el contrario, el resentimiento suele aparecer cuando el límite fue excesivamente rígido, cuando estuvo basado en el miedo de los padres o cuando acabó convirtiéndose en una forma de control. También puede aparecer cuando la familia utilizó argumentos de protección para impedir decisiones que en realidad tenían que ver con expectativas familiares, prejuicios o dificultades para aceptar que el hijo estaba creciendo.

Por ejemplo, no es lo mismo decir “nos preocupa que este proyecto esté ocupando todo tu tiempo y queremos asegurarnos de que estás bien” que decir “vas a dejarlo porque nosotros sabemos lo que te conviene”. En el primer caso existe preocupación y diálogo. En el segundo, el adolescente puede sentir que no existe ningún espacio para desarrollar criterio propio.

Además, hay algo que considero muy importante: la adolescencia necesita conflicto en pequeñas dosis. Que un adolescente se enfade porque sus padres han puesto un límite no significa necesariamente que la relación esté fallando. Parte del desarrollo consiste precisamente en cuestionar las normas familiares, discutirlas y empezar a construir criterios propios.

Un adolescente puede decir “me parece injusto”, enfadarse y cerrar la puerta de su habitación, y aun así sentirse profundamente querido y seguro dentro de su familia. Lo verdaderamente preocupante sería que aprendiera que expresar desacuerdo supone perder afecto, recibir humillaciones o dejar de ser escuchado.



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