El verano es época de ‘lucir’ más, no cabe duda. Y si bien es algo con lo que los adolescentes y los jóvenes parecen disfrutar, no siempre es así; de hecho, puede suponerles una carga añadida. La presión estética de los adolescentes es mayor en esta época del año y, por nimia que pueda parecer esta cuestión a muchos adultos, es necesario estar pendiente de la manera en la que sobrellevan esa exigencia estética, puesto que puede tener efectos más dañinos de lo que cabría imaginar.
Por eso hemos hablado con Jorge Buenavida, psicólogo de Blua de Sanitas, quien nos aclara cuáles son esos aspectos a los que los padres de los chicos y las chicas han de estar pendientes. También explica cómo fortalecer su autoestima y hacer frente a los estándares de belleza y a las normas que parecen marcar las redes sociales.
Cuando gran parte del valor que un adolescente se atribuye depende de gustar, las comparaciones pueden tener más impacto.
Los adolescentes suelen sentir más presión estética en verano. ¿Qué implica esta realidad, que bien es verdad que ha afectado también a generaciones anteriores?
El verano es uno de los momentos del año más propicio a enseñar nuestros cuerpos (más calor, menos ropa, piscina, playa, más planes, fotografías para recordar momentos únicos, etc.). Esto puede intensificar la comparación con los demás justo en una etapa en la que el cuerpo está cambiando y la opinión del grupo adquiere especial importancia. Por eso, inseguridades que durante el resto del año resultan manejables pueden hacerse más presentes en esta época.
¿Influyen en ello las redes sociales?
Sí, las redes muestran una selección de imágenes en las que aparecen determinados cuerpos, muchas veces retocados, cuidadosamente preparados o alejados de la vida cotidiana. Al comparar sus cuerpos de forma repetida con esas imágenes, algunos adolescentes pueden acabar percibiendo como normal un ideal difícil de alcanzar.
Además, puede haber un efecto obsesivo, buscando o ‘dando a like‘ aquellos cuerpos más normativos o acercados al ideal de belleza reforzando así el algoritmo y con ello esa exposición nociva. Las redes sociales no producen estos problemas de forma automática, pero determinados usos y contenidos pueden afectar negativamente a la imagen corporal y a la autoestima de algunos jóvenes.
¿Cómo les afecta?
Depende mucho de cada adolescente. En algunos casos, la comparación constante hace que la atención se centre excesivamente en aquello que no les gusta de su físico y que empiecen a observarse desde la mirada de los demás, evitando exponerse (cancelando planes a última hora) o intentando disimular o no mostrar ciertas partes de su cuerpo (en la piscina o playa llevar ropa puesta incluso en el baño).
Puede aparecer inseguridad, vergüenza o preocupación por cómo serán vistos y juzgados por otros, especialmente aquellos que, intuyan, tengan ese cuerpo más “perfecto”.
¿Qué consecuencias puede tener esa presión estética?
Cuando la preocupación adquiere demasiado peso, puede afectar al bienestar emocional y modificar la relación que el adolescente mantiene con su cuerpo, emociones y entorno social. Puede aumentar la ansiedad ante determinadas situaciones, favorecer una autoestima excesivamente ligada a la apariencia o provocar conductas poco saludables relacionadas con la alimentación y el ejercicio o la evitación social.
Conviene prestar atención si deja de hacer actividades que disfrutaba, se aísla más o muestra una preocupación persistente por su cuerpo.
¿Puede esa presión llegar a influir en los planes que hace o que acepta el adolescente?
Sí. Una señal especialmente relevante aparece cuando el malestar empieza a condicionar su vida. Un adolescente puede rechazar ir a la piscina, evitar hacerse fotografías o dejar de acudir a determinados planes porque siente vergüenza de su aspecto. Cuando empieza a renunciar de forma repetida a actividades que antes disfrutaba, conviene prestar atención a qué hay detrás de ese cambio.
¿Qué papel juega la autoestima para doblegarse ante la presión estética propia del verano?
Una autoestima sólida puede funcionar como factor protector porque permite que la valoración personal dependa de muchas dimensiones y no únicamente del aspecto físico. Cuando gran parte del valor que un adolescente se atribuye depende de gustar, recibir aprobación o cumplir determinadas expectativas estéticas, las comparaciones pueden tener más impacto.
Sin embargo, sería simplista atribuirlo todo a una “baja autoestima”: también influyen el entorno, las experiencias personales y el tipo de contenido al que está expuesto.
¿Cómo ayudarles a hacer frente a esa presión y entender que son perfectos tal y como son?
Más que transmitirles que son “perfectos”, resulta más saludable enseñarles que no necesitan serlo y que su valor personal no depende de su aspecto físico, que existen personas de su entorno que ellos mismo quieren y valoran y no son perfectas, ni a nivel actitudinal ni físico.
Es importante hablar con naturalidad sobre la diversidad corporal, ayudarles a cuestionar las imágenes idealizadas que ven en redes y evitar que en casa el peso o la apariencia ocupen constantemente la conversación.
También ayuda reconocer otras cualidades del adolescente relacionadas con quién es, qué disfruta y qué sabe hacer, en lugar de centrar los comentarios positivos principalmente en su físico.
¿Cómo pueden los padres darse cuenta de que es mucho más que ‘simple’ vergüenza y que está afectando a su hijo o a su hija más de lo que cabría esperar?
La clave suele estar en observar cuánto interfiere esa preocupación en su vida y si supone un cambio respecto a su comportamiento habitual. Conviene prestar atención si deja de hacer actividades que disfrutaba, se aísla más, cancela planes de manera frecuente o muestra una preocupación persistente por su cuerpo.
También son señales relevantes los cambios importantes en la alimentación, el ejercicio, el sueño o el estado de ánimo. Un síntoma aislado no significa necesariamente que exista un problema, pero la persistencia y el deterioro de su vida cotidiana sí justifican una valoración más detenida.
¿Qué hacer en esos casos?
Lo primero es abrir una conversación sin ridiculizar ni minimizar lo que siente con frases como “son cosas de la edad” o “no tienes ningún motivo para verte mal”.. Es preferible preguntar qué le preocupa, escuchar antes de intentar convencerle y tratar de comprender qué situaciones están alimentando ese malestar.
Si la preocupación persiste, condiciona sus relaciones o aparecen cambios preocupantes en la alimentación o el ejercicio, conviene consultar con un profesional de la psicología o con el pediatra para valorar qué está ocurriendo y actuar cuanto antes.
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