Antes de que Shakira se convirtiera en musa de Viktor & Rolf, Carolina Herrera o Dolce & Gabbana, la de Barranquilla reivindicó otras voces y otros ámbitos. Pero en su evolución estética, no es que esa apuesta haya desaparecido o ese rollo foly carezca de valor a estas alturas de la película en que tiene un lugar reservado en las sofisticadas front rows de París, Milán o Nueva York. Todo lo contrario. Shakira es más Shakira Mebarak que nunca subida a un escenario. Sobre las tablas, la cantautora utiliza la moda e, incluso, la alta costura como extensión de su propio ADN para terminar dictando las reglas del espectáculo. Todo este despliegue visual, por supuesto, lo encontrarás diseccionado en nuestro número especial dedicado a la artista latina más influyente de todos los tiempos.
Para entender el manifiesto —textil— de Shakira, hay que viajar irremediablemente a sus raíces. Criada en Colombia, la cantante creció inmersa en un crisol de ritmos y colores en el que el desierto, el Mediterráneo, la selva y el Caribe se filtraban de manera instintiva en su forma de ser, de expresarse y de mostrarse al mundo. Porque esa mezcla no solo corría por sus venas, sino que la esculpía como mujer y como artista como una segunda dermis, algo así como si en el khol de sus ojos llevara dibujado un palacio de las mil y una noches. Y es que esa herencia cultural -por no decir genética- no solo le regaló sus inconfundibles quiebros vocales, moldeó su lenguaje corporal (sus legendarios movimientos de cadera están directamente inspirados en las danzas árabes y caribeñas) y, cómo no, estilo y su manera de entender la belleza.
Porque por un lado, esa exigencia coreográfica requería una indumentaria que no limitara el cimbreo de su cuerpo, pero por otro, debía sustentarlo y remarcarlo como los granos de granada coronan un hummus de garbanzos. Así nacía su estética, primigenia y feroz: la loba se adueñaba de la tablas con los pies descalzos, tops cortos que dejaban el abdomen al descubierto como seña de identidad —y epicentro de su magia— cinturones bajíiisimos, al tiempo que adornaba su melena oscura y trenzada con tiaras de inspiración tribal, accesorios que la hacían sentir, en sus propias y divertidas palabras, como la mismísima “Xena la princesa guerrera”. Ropa y complementos eran una extensión anatómica de su coreografía.
Estos fueron años en los que su estética no respondía en absoluto a los dictados de las pasarelas, sino mas bien a una necesidad personal de expresarse que podía o no converger con el de otras artistas (Alani Morissette por ejemplo) Vestía tejidos naturales y pantalones ceñidos de cuero que funcionaban como una segunda piel, rematando el look con accesorios de plata que gritaban sus orígenes a los cuatro vientos.
Pero si hay un complemento que define la sublimación de sus raíces libanesas sobre los escenarios, ese es el pañuelo. En sus actuaciones, Shakira popularizó y elevó a la categoría de icono pop el uso de pañuelos repletos de monedas anudados estratégicamente a la cadera. Este elemento, lejos de ser un simple adorno caprichoso, tenía una función escénica y rítmica fundamental: realzar visual y sonoramente cada milímetro de su danza del vientre. Con cada vibración, las monedas tintineaban, fusionando la herencia folclórica de Oriente Medio con el frenesí de su público en los estadios.
Con el tiempo, esa imagen de la odalisca rebelde de abdomen al aire y caderas sonoras trascendió lo meramente estético para convertirse en un símbolo de libertad femenina. Un lenguaje que generaciones posteriores de estrellas han intentado imitar, casi siempre sin éxito, porque carecían del ingrediente principal: la sangre porque como diría Maria Callas: “No se puede fingir el arte”. Y Shakira nunca fingió su armario.
De hecho, este imaginario estético alcanzó su cénit con la canción Ojos así, donde mezcló el pop brillante con melodías orientales, violines del desierto y la percusión del derbake —el tradicional tambor de copa— rindiendo un tributo absoluto a sus raíces libanesas. Esta fusión de culturas se ha traducido en outfits históricos que han marcado a fuego la retina del planeta con cada mundial y ha obligado a un toscano (Roberto Cavalli) a mirar más allá de las colinas que pintaba Da Vinci.
Así dio origen al torbellino de Alemania (Mundial 2006) con el que para clausurar el torneo en Berlín, la colombiana irrumpió con un conjunto rojo brillante de dos piezas —top y falda— minuciosamente adornado con detalles dorados, flecos y monedas tintineantes que evocaban de forma directa su herencia árabe.
A la odalisca de la Super Bowl (2020) cuando ante 100 millones de espectadores, Shakira fusionó su danza árabe y su característico movimiento de lengua de celebración islámica mientras lucía un deslumbrante conjunto de dos piezas rojo intenso, cuajado de cristales y flecos, éste firmado por el diseñador Peter Dundas. O al lujo de Dai Dai (2026) con un exquisito conjunto de dos piezas en gasa de seda y decorado con cuentas. Shakira jamás ha necesitado disfrazarse para conquistar el planeta. Le ha bastado con tejer los hilos invisibles de sus ancestros libaneses en sus caderas y demostrar que la verdadera alta costura es aquella que cuenta de dónde vienes.
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