Este 9 de octubre el príncipe Eduardo, duque de Kent, celebra sus 91 años convertido en el miembro en activo de mayor edad de la realeza británica y en un puente vivo con la historia de la Corona. Su vida ha atravesado cinco reinados, ha servido con entrega a dos monarcas y ha superado el año más sombrío de su trayectoria vital, marcado por la ausencia de su esposa, Katharine Worsley, fallecida en septiembre de 2025 tras 64 años de matrimonio. Su figura encarna la lealtad, la longevidad y la resiliencia de la era de Isabel II, y los reyes Carlos y Camila le han otorgado un lugar de máxima distinción y afecto en su reinado.
Algunos medios británicos se refieren ya a él como “el abuelo de la Corona británica” y no es para menos, pues nació en 1935, en los últimos meses de vida de su abuelo Jorge V, motivo por el cual vino al mundo como príncipe de cuna, un Windsor de pleno derecho bautizado en el Palacio de Buckingham. Después reinó su tío de forma fugaz, Eduardo VIII, quien abdicó al trono para casarse con Wallis Simpson, y luego llegó la proclamación de su otro tío, Jorge VI. Fue entonces cuando sucedió la tragedia que cambiaría para siempre el destino del joven príncipe Eduardo y lo acercaría de un modo único a su prima hermana, la futura Isabel II.
El padre del duque de Kent (y de sus dos hermanos, la princesa Alejandra y el príncipe Michael de Kent) falleció trágicamente a los 39 años en un accidente aéreo en Escocia mientras servía en la Real Fuerza Aérea (RAF) durante la Segunda Guerra Mundial. Con tan solo 6 años de edad, Eduardo heredó el ducado de Kent, derivado de uno de los siete reinos anglosajones que más tarde se fusionaron para formar el Reino de Inglaterra. En ese momento de dolor, su tío Jorge VI asumió un rol protector tanto en términos económicos como de integración familiar, velando por que los tres huérfanos fueran educados y protegidos como príncipes de primera línea. Esa convivencia cercana hizo que se criaran junto a las princesas Isabel y Margarita, forjando un vínculo de fraternidad e invulnerable lealtad institucional que sobrevivió a la propia reina Isabel II.
El último año ha constituido una auténtica prueba de fuego emocional para el duque. La pérdida de Katharine, duquesa de Kent, con quien compartió más de seis décadas de vida, sumió al veterano miembro de la Casa Real en un profundo duelo. Sin embargo, lejos de retirarse por completo al ámbito privado, el duque ha encontrado en el servicio público el mejor refugio. Respaldado por sus tres hijos -el conde de St Andrews, Lord Nicholas Windsor y Lady Helen Taylor- y por sus nietos, que ya comienzan a celebrar sus bodas, como Lady Marina Windsor, ha reaparecido de forma paulatina en eventos vinculados a las causas benéficas que su difunta esposa tanto amó, especialmente aquellas enfocadas en la formación de jóvenes talentos musicales.
Su presencia en el último Campeonato de Wimbledon resultó muy emotiva, ya que aunque cedió la presidencia formal a la princesa de Gales, Kate Middleton, sigue siendo una figura muy querida en el Palco Real, ya que tanto él como su esposa dedicaron mucho tiempo al fomento del tenis en suelo británico. Además, durante las últimas ediciones de Trooping the Colour, el duque se volvió viral y enterneció a las redes al ser capturado en el balcón de Buckingham usando su propio teléfono móvil para grabar a los aviones de la RAF y tomar fotos. Eso sin olvidar el papel histórico que ha tenido como Gran Maestro de la Gran Logia Unida de Inglaterra.
En este contexto de edad avanzada, duelo personal y una reestructuración de la monarquía, la figura de Carlos III ha resultado decisiva. El jefe del Estado es consciente del incalculable valor simbólico de su tío como garantía de estabilidad institucional y memoria viva del reino y lo ha mantenido lo más cerca posible. Carlos III no solo ha respaldado al duque organizando recepciones y homenajes en su honor, sino que lo considera un pilar emocional en un tiempo convulso para la institución. La presencia sobria de Eduardo de Kent junto al monarca en compromisos oficiales de Estado envía un mensaje rotundo de continuidad y unión. A sus 91 años recién cumplidos, el duque de Kent sigue respondiendo a la llamada de la Corona con la misma disciplina militar y devoción que asumió siendo apenas un niño.
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