“Llevo 35 años en Madrid. Llegué en autobús desde Oviedo, con la ilusión de un casting y una entrevista de trabajo. Aunque era muy joven y estaba acostumbrada a otras grandes ciudades (había vivido en EEUU durante mi carrera universitaria, conducía y trabajaba en una gran ciudad, Fénix, en Arizona), a mi llegada, Madrid me asombró. Me resultó bulliciosa, inmensa, trepidante. Recuerdo coger aire al pasar por el Arco de la Victoria y pensar: Madrid, allá voy. Tú vas a ser para mí” (ríe).
Minerva Piquero es una de las mejores guías de Madrid. Con ella, que durante dos años presentó en Telemadrid el programa Disfruta Madrid, junto a Jota Abril, descubrimos rincones secretos, callejuelas mágicas, lugares históricos, anécdotas, rutas… Nada se escapa a la mirada de quien un día entró en nuestras casas como ‘chica del tiempo’, y hoy, tantos años después, sigue conservando ese mismo encanto que conquistó a los espectadores.
Si tuvieras que definir el ‘carácter’ actual de Madrid con un solo adjetivo, ¿cuál sería?
Diría que es vibrante. Pero quisiera añadir que es, a pesar de la locura que a veces vivimos como consecuencia de ser la capital, una ciudad que acoge, donde todos tenemos cabida, donde todo pasa en algún momento y donde, si sigues manteniendo la mirada provinciana, como es mi caso, tienes la sensación de que te estás perdiendo algo… ¡Pasan tantas cosas! Madrid vive a un ritmo frenético, pero tiene la magia de mantener intactas tradición y modernidad sin complejos. Es una ciudad que no se queda quieta: cambia, se reinventa y siempre encuentra la manera de sorprenderte. A mí me sigue pasando.
Pasaste muchos años en los informativos de Antena 3, entrando en las casas de toda España. ¿Cómo era compaginar esa enorme popularidad con hacer una vida normal de barrio en Madrid?
La verdad es que fue una época muy intensa y muy bonita. Entrar cada día en las casas de tantas personas generó una relación con el espectador muy cercana, muy especial. Se dio una situación única en la historia de la televisión de este país y aquello nos brindó la atención de millones de espectadores. Me trataban, y me tratan aún, como si fuera de la familia, una vecina, una sobrina… (ríe), tanto cariño es un regalo y un privilegio. Aún hoy lo sigo recibiendo de todas las personas de mi generación, pues vivimos aquello en nuestros veintes, y nos hemos hecho mayores juntos. Es verdad que en ocasiones hubo momentos incómodos, cuando hacía cosas cotidianas como sacar la basura, comprar ropa interior, ir al dentista o un viaje de vacaciones; yo siempre he sido discreta con mi vida personal. No me ha gustado llamar la atención fuera de mi trabajo. Pero, sinceramente, hacía una vida bastante normal en Madrid. Llevaba a mis hijos al colegio, hacía la compra, tomaba café en los mismos sitios de siempre y seguía moviéndome por el barrio con total naturalidad. Madrid también tiene eso: te da anonimato dentro de la popularidad.
Te habrás convertido en toda una experta después de los años en que presentaste Disfruta Madrid. ¿Qué es lo que más disfrutaste de esa etapa?
Descubrir tradiciones y lugares nuevos. Como decía antes, en Madrid siempre están pasando cosas, tradicionales, culturales, internacionales, artísticas, innovadoras…
¿Qué zona o aspecto de Madrid te sorprende más y te hace decir: “Llevo viviendo aquí media vida y no tenía ni idea de que esto existía”?
Hay muchas calles que esconden secretos centenarios; edificios reconvertidos por la modernidad, pero que siguen albergando en su interior parte de la historia más interesante de la ciudad; rincones ocultos bajo rascacielos o autopistas; jardines secretos; el barrio de Las Letras, con tantas historias de nuestro Siglo de Oro; el Palacio Real y sus alrededores; los museos… Madrid te absorbe si acabas de llegar y puede resultar abrumador, pero una vez te adaptas y la ciudad se convierte en territorio conocido, llega lo mejor. También lo que pasa fuera de la ciudad. Madrid tiene 179 municipios. A menos de una hora tienes patrimonios culturales asombrosos como Chinchón, Manzanares el Real, Alcalá de Henares –cuna de Cervantes–, Aranjuez –nuestro Versalles madrileño–… Necesito otras diez páginas para describir las bondades de todo lo que puedes descubrir en Madrid.
¿Qué conserva la Minerva de hoy de aquella joven asturiana que llegó a la capital llena de maletas y de sueños?
La mirada. Conservo la curiosidad provinciana de la muchacha que fui. Y las ganas de aprender. De hecho, con frecuencia contrato excursiones a pie con guía por la ciudad. Y sigo descubriendo cosas nuevas. Son divertidísimas y muy interesantes; lo recomiendo mucho.
Se dice que en Madrid nadie se siente forastero porque es una ciudad de acogida. En tu caso, ¿en qué momento exacto sentiste que dejabas de ser una asturiana en Madrid para sentirte una madrileña más?
No se puede dejar de ser de donde aprendiste a vivir. La infancia tiene derechos de memoria sobre el resto de tu vida. Hay olores, sabores, paisajes y sonidos que se quedan para siempre. ¿Pero sabes qué? Que en Madrid todos somos de alguna parte, y quitando el paisaje verde del norte, todo lo demás también lo tengo aquí. No es incompatible vivir las dos pasiones. Sí, me siento madrileña como la que más. Mis niños son madrileños, y muy orgullosos de serlo. Cuando nació mi hija mayor, me encargué de enseñarle su ciudad, de vivir las tradiciones, de amar su tierra.
¿Qué momentos disfrutaste más con tus hijos cuando eran pequeños y cuáles ahora que ya son mayores?
El Retiro, la Feria del Libro, la feria de San Isidro, la Pradera, los parques de atracciones y todos los museos. Eran, y siguen siendo, aunque cada vez nos cueste más organizar agendas, algunos de nuestros planes favoritos.
Tu libro No estoy loca: cómo sobrevivir a la menopausia y sentirte poderosa, lo presentaste en el Ateneo, un lugar muy emblemático de la ciudad. ¿Por qué lo elegiste?
Soy socia del Ateneo y siempre he sentido fascinación, y hasta cierto recogimiento, al imaginarme allí a personalidades como Miguel de Unamuno, Valle-Inclán, Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán, Federico García Lorca, María Zambrano o Almudena Grandes, sentados, leyendo, escribiendo o debatiendo. ¿Te imaginas? El respeto es profundo y la Biblioteca del Ateneo posee una atmósfera única, casi mágica al atardecer cuando entran los últimos rayos de sol por sus altos ventanales y se encienden todas las lámparas de los pupitres. Además, pensé que sería un regalo para mis invitados, pues muchos de ellos entraron aquella tarde por primera vez. El Ateneo siempre merece una visita, y está en mi barrio favorito de Madrid, en el que más me gusta pasear y en el que me encantar perderme por sus callecitas: el Barrio de las Letras.
Si tuvieras que llevar a alguien que jamás ha pisado Madrid a un único lugar, para que entienda la esencia de la ciudad en cinco minutos, ¿a qué esquina o lugar exacto lo llevarías?
¿Solo uno? Imposible de elegir. Creo que los citaría en la Puerta del Sol, la Plaza Mayor o la Plaza de Oriente. De ahí, iríamos caminando hasta la taberna Los Gabrieles, en el barrio de Las Letras, un auténtico museo de azulejos esmaltados hace más de un siglo (1907), entre los que destacan Los borrachos de Velázquez, entre otras obras, y donde, al ritmo de copla y chotis, degustar la historia con el sabor de su cocido, sus callos y un buen vermut. Allí bebieron y disfrutaron autores como Federico García Lorca, Machado, Manolete y hasta Hemingway… Dicen que Javier Bardem trabajó allí de camarero y Joaquín Sabina le dedicó una canción (De purísima y oro). En Los Gabrieles se mezclaban artistas y señoritos de toda España y del extranjero, un punto de encuentro en el tiempo. El legado es infinito. Sentarlos allí y formar parte de su historia habla mucho de Madrid.
Si tuvieras que quedarte con un edificio histórico, un palacio escondido o una fachada en la ciudad de la que te declares una absoluta enamorada, ¿cuál sería?
Creo que la torre de la Parroquia de Santa Cruz, de estilo neomudéjar, que ofrece unas vistas a 60 metros de altura de todo Madrid. Se contempla el Palacio Real, la Almudena, la Gran Vía y la Plaza Mayor. No es muy visitada, pues está medio escondida, pero es un tesoro. Otro lugar sería el jardín y el huerto de la casa de Lope de Vega, en la calle Cervantes. Este pequeño huerto era el remanso de paz del gran dramaturgo, donde posaba la pluma y dejaba volar la imaginación mientras cuidaba sus flores. Un rincón casi secreto donde soñar.
La terraza del Castizo (pl. del Ángel). Para tomar un café con leche grande, y un pan de mollete tostado con su chorrito de aceite de oliva virgen y unas lonchas de jamón serrano.
Casa Macareno, (San Vicente Ferrer, 44), en Malasaña. Deliciosos los boquerones en vinagre, las gildas y sus bravas. El vermut es de los más cotizados por la zona.
El Jardín Botánico (Pl. de Murillo, 2).
El Ñeru (Bordadores, 5). Al entrar, es un chigre típico. No hay otra fabada como esa en Madrid. Y el arroz con leche es un escándalo.
Cantina Mariachi (Alcalá, 150) y a La Central Mexicana (Pl. del Callao, 2).
Madrid tiene 44 museos, pero el Museo del Prado (Paseo del Prado, s/n) siempre tiene otra visita, y algo que redescubrir.
Por supuesto, unas bravas, y después una tapa de albóndigas, en La Perejila (Cava Baja, 25).
Las que se ven desde la terraza del Club Financiero Génova (Marqués de la Ensenada, 14). También la terraza del Círculo de Bellas Artes (Alcalá, 42).
La cafetería del Hotel Four Seasons (Sevilla, 3), sobre todo, en diciembre. La decoración navideña parece sacada de un cuento.
La Oriental (Ferraz, 47), que además trabajan sin gluten y todo lo hacen pocas horas antes, allí mismo.
El Mercado de Motores, en el Museo del Ferrocarril (Paseo de Delicias, 61). Solo está el segundo domingo de cada mes, pero merece la pena.
El hayedo de Montejo, a orillas del río Jarama. Cada estación del año tiene su magia, pero desde luego otoño es la mejor.
Buitrago de Lozoya y Chinchón.
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