“Fue el hombre más maquillado con el que me he acostado y el primero en creer en mí como artista”. Ese hombre era David Bowie y la frase salía de los labios rojo sangre más brillantes y sexys que jamás hayan pronunciado la palabra “Tomorrow” o el verbo “Follow me”. Ella era —es— Amanda Lear. Tan diva que suda purpurina. Y… tan diva que exuda veneno. Eso sí, exquisito. Ella fue, durante más de medio siglo, el mayor misterio de la escena glam pop europea —si es que no lo sigue siendo todavía—, jugó con la prensa, con la industria, y hasta con los registros civiles de varios continentes.
Le bastaba con un batir de pestañas o con limarse las uñas para que no te creyeras nada o te lo creyeras todo, y sin poder cerrar la boca y sin acertar en ella con tu copa de champán. Vivió como quiso y amó más de lo que cuentan —y cuenta mucho—. De Bryan Ferry a Brian Jones pasando por Miguel Bosé. Que ¿quién es y qué ha hecho? Abróchate el cinturón porque vamos a descender a los infiernos de los templos disco para diseccionar el que podría ser el beef del año: ese día en que la musa de Dalí decidió merendarse a Hannah Montana.
Enfrentarse al departamento jurídico de Miley Cyrus, para una mujer como ella, habituada a vivir en un laberinto de espejos y reflejarse en todos con la misma —y extrema— solemnidad de una esfinge de la ambigüedad, debe de ser algo así como un pasatiempo de domingo. De hecho, todo estalló la tarde de uno de septiembre. El del 18, para ser exactos cuando la ex niña Disney, en plena efervescencia de su Era sin apellido, lanzaba al mercado su décimo álbum de estudio: Bass Persuades, un disco producido junto a Kid Harpoon y Maxx Morando que, en su debut, entraba en el top10 de Spotify USA con más de 768K reproducciones; 2,4M en el mundo. Era su estreno más fuerte desde Flowers. O sea, un fenómeno, especialmente queer. Ahora bien, los acólitos de la pista de baile no tardaron en arquear una ceja al escuchar el sexto corte del LP, Redlights. Un tema oscuro, exuberante y nostálgico pero con luz de neón… Algo muy seventies. Que sonaba a algo demasiado familiar. A algo demasiado underground. Demasiado velvet. Demasiado queer para haberlo olvidado. ¿Era un deja vu, tal vez? No, era… Amanda.
Desde su bucólico retiro en la Provenza francesa, entre pinturas con campos de amapolas, ovejitas y mares azules, la del pelo flamígero de los 70 —hoy rubio ceniza— cogió las gafas de cerca, desenfundó el móvil, abrió Instagram y escribió lo siguiente: “Gracias, Miley, por este tributo a mi canción The Sphinx. Me siento halagada”. Y por si alguien no había reparado en que aquello tenía el mismo sarcasmo que los kleenex con cianuro de las SS, añadió dos hashtags #copycat (copiona) y #ripoff (imitación barata). Boom. ¿Sutil? ¿pa qué?
Pero es que además, lejos de quedarse en una simple rabieta digital, la que fuera el icono en el que mirarse para otras mujeres como Bibiana Fernández —cuando era Bibi Andersen—, como la musa de Warhol Candy Darling o para Holly Woodlawn, la obsesión de Lou Reed, fue a más. Lear volvió a coger el teléfono para llamar a Anthony Monn —el productor que parió The Sphinx en 1978— y su sello discográfico, Universal, que recurrieron a la tecnología para armar el caso. Así lo contó ella pocos días después a Le Parisien: “He contactado a mi productor y a mi discográfica, y todos dicen que es un plagio total. Han analizado cada línea de los dos temas conChatGPT y es increíble lo que se puede hacer hoy con la tecnología. Y en efecto, es la misma melodía, la misma rítmica“.
Sin embargo, haciendo gala de un savoir-faire tan flemático como sarcástico añadía: “Yo nunca he amenazado a nadie con un juicio o represalias”, porque eso se lo deja a quien gestiona sus derechos y los beneficios que sacan de ellos, obvio—. Lo suyo era otra cosa; el crédito y el reconocimiento. Y para justificarlo, soltó su última perla a sabiendas de que Miley acababa de incluir su tema “inspirador” en su lista personal de Spotify. “Mira, ya sabemos que es fan mía”. Touché.
Pero para entender por qué a una “posible” octogenaria se la trae absolutamente al pairo la maquinaria de Hollywood y se permite ningunear a una estrella internacional hasta el punto de convertirla en una corista, habría que viajar a los cuartos prohibidos y muy muy oscuros de los años sesenta y setenta, una época en la que bajo una gran bola de espejo se vivía al límite durante noches eternas al ritmo de una juventud salvaje.
Allí, Amanda Lear, sin haber cumplido los 20, ya era un mito, no una simple cantante; y su historia no era fruto de una leyenda (o sí); se había convertido en un género literario en sí misma. Ella era la reina absoluta de aquel ecosistema que florecía entre arenas movedizas y fango, y contra todo pronóstico, logró sobrevivir a la carnicería de los excesos con la misma astucia de ese reptil con el que nos haríamos un bolso y que dio puerta a todos sus primos dinosaurios. Y es que mientras sus rivales —y también sus amantes— se perdían en espirales autodestructivas malgastando su talento encima de la tapa de un water, ella mantuvo la sangre fría. No fuma, no bebe, nunca se ha drogado. Su único vicio confesable es la marcha en tacones de Louboutin. Verídico.
Sus sábanas fueron el kilómetro cero de la cultura pop. Fascinó a Brian Jones (los Rolling Stones le dedicaron el tema Miss Amanda Jones), sedujo a Bryan Ferry posando con una pantera negra en la icónica portada de For Your Pleasure (1973) de Roxy Music, e inició en las artes amatorias a un imberbe Miguel Bosé de 17 años, tal y como hemos sabido gracias al intérprete de “Linda” cuando “Linda” aún no había salido de su rubia cabecita. Y Amanda no lo desdijo. Fue un poquito más allá. Lo hizo hace poco, en la tele italiana, cuando se acababan de publicar las memorias del hijo de Luis Miguel Dominguín y Lucía Bosé: “No entiendo por qué ha contado esta cosa tan privada. Pero se ve que le he dejado un buen recuerdo”.
De todos, sería Bowie quien, hipnotizado por su magnético timbre de… barítono, le pagó clases de canto y la subió a los escenarios. Fichó por Ariola Records en 1976 y, montada en la ola del movimiento disco, sedujo y escandalizó a toda Europa que “la seguía” casi marcilamente en las pistas de baile. En aquella época, la preBerlín, Lear y Bowie eran amantes pero no salió bien. “Era adicto a las drogas, no era fácil”, recuerda sobre el de Heroes; ella, como ya hemos contado, tenía la misma disciplina con su salud que “un soldado prusiano”. De melena en pantalla, cintura de avispa, pecho como el cemento… Y un misterio insondable entre sus piernas infinitas. ¿Nos zambullimos en él? Va.
El documental “Enigma” (HBO, 2025), dirigido por la creadora trans Zackary Drucker, intentó descifrar su ADN hasta entonces -y hoy- brumoso. En él, la pionera británica April Ashley (fallecida en 2021) y la célebre Coccinelle repintaron el lienzo de su biografía donde las pinceladas nos parecían indicar cosas que, sin embargo, solo se insinuaron. Según ellas, Amanda nació en algún lugar entre Saigón y Hong Kong, en 1939 o quizá entre ese año y 1946 (Amanda, hace un año, con la publicación de Looking Back, dijo tener 79 años…).
Pero, en cualquier caso, que fue bautizada como Alain Tapp, un niño que se convirtió en un joven con mucho talento y una belleza, tan arrebatadora como exótica, con la que a finales de los cincuenta se ganaba la vida pintando postales para turistas y actuando como la corista Peki d’Oslo en el mítico cabaré parisino Le Carrousel. Aseguran incluso que se casó por 50 libras en un pub de Chelsea con un estudiante de arquitectura llamado Morgan Paul Lear para conseguir el pasaporte británico fácilmente, y que se sometió a una cirugía de reasignación con el doctor Georges Burou en Casablanca, con Salvador Dalí como testigo. O mejor dicho, como sufragador de todos los gastos.
Lear, inmutable, lo niega todo. Pero como ya hizo entonces sin hacerlo realmente, convirtiendo el rumor en la mejor campaña de marketing de la historia. “La historia de que yo era antes un hombre se le ocurrió a Salvador Dalí… Pensamos que podía ser una buena idea publicitaria. De ahí viene todo”, declara ella mirando a cámara. Y quizás en la actualidad eso hoy no se entienda, porque la orientación, la identidad y la reasignación sexual son términos que manejamos y con los que convivimos con naturalidad y normalidad, pero en una época en la que la represión sexual era patente de corso ese morbo de “Qué es” y no “quién es” funcionó. En plena fiebre disco, Lear llegó a protagonizar sendos desnudos frontales en Playboy (1977) e Interviú (1978), exhibiendo su vello púbico ante el mundo. Amanda, entre risas, cuenta cómo además unos investigadores italianos —”Italia, siempre tan obsesionada con el sexo”—analizaron su vello y dieron fe de que, vistos sus bulbos pilosos, ella era mujer cisgénero.
Pero ¿se debe solo al morbo todo su éxito? Claro que no. Amanda Lear era gigante con unas dimensiones colosales que, por supuesto, no podían pasar desapercibidas. Y menos, para ese genio que también posa en una de las recreaciones fotográficas de “La bola negra”: Salvador Dalí. A él se lo presentó otro español afincado en Francia, Paco Rabanne. Ocurrió en 1965 en el selecto club Le Castel, y el maestro del surrealismo le soltó una frase muy parecida —aunque menos tétrica— a la que utilizó Givenchy para referirse a Audrey Hepburn: “¡Qué bello esqueleto! Tienes la cabeza de muerto más hermosa que he visto”. Durante quince años formaron iconoclasta ménage à trois, tanto sexual como intelectual, con Gala, quien autorizó la relación. “Lo que tuvimos fue una gran historia de amor entre tres personas increíbles”, confesó Lear en su momento quien, desde aquella noche, se convirtió en musa, se instaló en el castillo de Púbol y fue alumna aventajada. Con ellos, compartía lecturas del Marqués de Sade y se inició en el mundo del óleo y los disolventes. “Las mujeres no saben pintar”, cuenta que le repetía para picar su insaciable curiosidad artística. Aunque también le decía otras cosas que… Oups, hoy habría sido cancelado: “las mujeres sólo sirven para hacer tortillas. El talento reside en los cojones”.
Con todo, el pintor, maestro de la provocación, la moldeó cual profesor Higgins del pop. ¿Su gran prueba de fuego? Le Bal Oriental, la mítica fiesta de disfraces del barón de Redé que reunió un 5 de diciembre a la flor y nata mundial, desde Brigitte Bardot a los Rothschild. Amanda entró en pánico. Era aún muy joven y como Julie Andrews en “Victor o Victoria” no sabía si sería capaz de jugar al trompe oeil que se le exigía. ¿Sabria? Dalí estaba convencido de que sí. “Eres más hermosa y excepcional que todos esos imbéciles en su mejor domingo. Vas disfrazada de amapola…pero… Sácate un pecho”. Ella obedeció, liberó su seno izquierdo bajo sus gasas de seda encarnadas y… ya nunca más se volvió a hablar de otra cosas. Fue su (primera) consagración.
Sin embargo, el destino de Lear no era el de ser el jarrón “chino” de un genio. Tras posar para titanes de la fotografía como Helmut Newton y David Bailey, y desfilar para Yves Saint Laurent fascinado por esa sexualidad arrolladora o Mary Quant, totalmente horrorizada por lo mismo, se zambulló en el desenfreno del Swinging London y… tal como contábamos antes fue con el Duque Blanco con quien la música llegó a su vida. Le pagó clases de canto, la empujó hacia los estudios de grabación y la coronó como su indiscutible reina blanca, aunque para el mundo fuera cualquier cosa menos blanca y virginal porque era puro fuego. Himnos de ritmo hipnótico como Queen of Chinatown, Enigma, Tomorrow y la legendaria Follow Me (recientemente resucitada gracias a una millonaria campaña publicitaria de Chanel en 2023) la llevaron a despachar más de veinte millones de copias en todo el globo. De Estados Unidos a Corea del Sur pasando por Italia y Francia, los países entre los que entonces y ahora reparte su vida y con los que su relación es, como todo en su vida, un juego de dualidades: amor y odio.
¿Qué pasó cuando le propuso a la RAI un programa cultural? Que de repente ya no era la star hipersexy y descocada de los 70s si no una señora estupenda, sí, pero estupendamente intelectual, cultivada y mayor. El programa se canceló por “aburrido”. ¿Su respuesta? “Evidentemente prefieren a tronistas o a unos idiotas en una isla” (sic). ¿En Francia, qué pasó? Pues que ni Chanel o Dior se libraron de su guadaña: “Odié ser modelo porque, por mucha haute couture que te pongan, siempre eres un objeto sexualizado“.
No obstante, la vida de Amanda, como la de Oscar Wilde, no puede resumirse en una seire de frases con mucho ingenio y más mala uva, y tampoco ha sido, como la del británico, un camino de rosas. Más bien entre plantas carnívoras como las de “De repente el último verano”… ¿El último zarpazo? Una operación a corazón abierto a la que se vió sometida en Zurich en 2023 después de que comenzara el milenio con un incendio que arrasó su casa y se llevó a su marido, el aristócrata Alain-Philippe Malagnac, que estaba dentro. Lo que la condujo a tener “pensamientos feos. El suicidio es una renuncia total y yo no soy así”. Hoy, contempla la muerte con la misma frialdad glamurosa con la que juzga la vida: “Me fascina el sistema suizo sobre la muerte asistida: mejor una muerte sana, sin dolor, que sufrir… Aunque, esté tranquila, por el momento no estoy lo suficientemente deprimida”.
Esa tranquilidad la vive muy cerquita del manicomio que una vez albergó a Van Gogh, en Saint Etienne du Gres, donde por cierto ejerce como madrina de la clínica psiquiátrica de Saint-Paul-de-Mausole financiando talleres de arteterapia para los pacientes. La pintura, asegura, es su terapia privada y su “elixir” frente a las fealdades del mundo. De vez en cuando sale para viajar viajar a tele, ya sea gala o transalpina, y recordar su vida y al mismo tiempo, conocer a los jóvenes, aunque algunas veces se la jueguen (¿verdad Miley?) porque lo de “repanchingarse en el sofá para ver Des chiffres et des lettres” no es lo suyo. “Si lo haces -dice- estás acabada”.
“El secreto para tener la energía intacta es la curiosidad”, afirma. Y quizás eso le llevó a encontrar el tema de la ex cuñada de Elsa Pataky. Porque si como Mrs. Dalloway Miley se compra las flores ella misma, Amanda Lear, lleva cincuenta años cultivándolas y pintándolas —muchas veces en el barro— para regalar belleza al mundo. Del sexo que sea. Y eso, francamente, no hay Inteligencia Artificial capaz de plagiarlo.
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