En 1829, un médico londinense llamado Nathaniel Ward descubrió por casualidad que el vidrio podía fabricar su propio clima. Había metido la crisálida de una polilla y un poco de tierra en un frasco de cristal cerrado para verla eclosionar. La polilla nunca salió, pero de la tierra brotó un helecho que vivió años sin que nadie lo regara, y poco después sus cajas acristaladas cruzaban océanos con plantas vivas a bordo. A partir de entonces, el té, el caucho o la quina viajaron entre continentes dentro de pequeños invernaderos portátiles. Las grandes capitales se llenaron de especies exóticas traídas de las colonias que necesitaban un trópico artificial donde sobrevivir, y el siglo XIX, antes de que el hormigón y el acero se impusieran en la arquitectura moderna, vivió un breve romance con el cristal y el hierro.
De aquella fiebre nacieron enormes pabellones acristalados, pensados para aclimatar palmeras, orquídeas y helechos, que acabaron convertidos en auténticas catedrales de luz. Más allá de la archiconocida Palm House de los Reales Jardines de Kew, el continente guarda ejemplos igual de asombrosos y mucho menos fotografiados. Cada uno cuenta una historia distinta, pero todos comparten el mismo gesto, convertir el vidrio en arquitectura y la botánica en espectáculo.
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