El sol de finales de agosto cae de costado sobre la ladera, tiñendo de ocre la piedra de San Martín. Un poco más abajo, sobre la hierba de la pradera, cientos de personas aguardan sentadas con la vista puesta en un campo vacío. Huele a tomillo caliente y a tierra seca. De pronto, empiezan a sonar tambores de guerra, y los presentes parecen contener la respiración.
Estamos en el pueblo burgalés de Atapuerca, a unos 20 km de la capital, y lo que está a punto de ocurrir en esta ladera lleva repitiéndose treinta y un veranos: dos ejércitos ocupan la pradera, se cruzan los pendones, los caballos cabalgan al trote, chocan las espadas y, por último, muere un rey.
El 1 de septiembre de 1054, los ejércitos de dos hermanos se encontraron en la llanura que se divisa desde la iglesia de San Martín. Fernando I, rey de León y conde de Castilla, y García Sánchez III, rey de Pamplona-Nájera, habían heredado de su padre, Sancho III el Mayor, unos dominios que llevaban casi veinte años siendo motivo de disputa.
La deuda venía de lejos. En 1037, García había ayudado a su hermano a derrotar al entonces rey de León a cambio de unos territorios castellanos fronterizos, entre los que estaba Atapuerca. Fernando venció y se coronó rey leonés, pero en 1054 reclamó aquellas tierras para engrandecer Castilla y, cuando García se negó, la guerra fue inevitable.
Sobre lo que sucedió después, las crónicas son contradictorias, pero todas coinciden en que García murió en el combate. Una tradición muy arraigada culpa de su muerte a un noble de su propio bando, Sancho Fortún, que lo habría matado para vengar una afrenta del rey a su esposa, Velasquita.
Fernando concedió a su hermano honores fúnebres, se quedó los territorios en disputa y ayudó, sin saberlo, a sentar las bases del reino de Castilla. El cuerpo de García regresó a Nájera, pero aquí quedó un hito de piedra en el campo de Piedrahíta, entre Atapuerca, Agés y la sierra, que la tradición local llama Fin de Rey y que señala el lugar al que, dicen, llegó malherido.
En 1996, un grupo de vecinos creyó que esta historia no podía quedar olvidada en los libros. Aquel primer verano decidieron montar una representación teatral para rememorar el suceso. Treinta años después, la Asociación Amigos de Atapuerca sigue organizando el evento cada penúltimo domingo de agosto. Lo que empezó como un juego, es hoy Fiesta de Interés Turístico de Castilla y León y una de las recreaciones históricas más veteranas de España.
El montaje no se limita a representar un desfile con música de fondo. Es una pieza teatral con intrigas palaciegas, caballeros que galopan mientras cruzan sus espadas y un cuidado guion que busca recuperar unos hechos que cambiaron la historia de Castilla. Sobre la hierba, con sus cotas de malla, sus armas y sus escudos, se mueven más de un centenar de personas, entre vecinos del pueblo y miembros de asociaciones de recreación llegadas de toda España. Cuando al fin cae el rey García y su esposa lo llora en mitad del campo, entre el público sentado en la ladera se hace un silencio espeso y solemne.
Bajo las armaduras y las cotas de malla no hay actores profesionales, sino vecinos de la localidad que pasan buena parte del año ensayando para que todo salga perfecto. En un municipio de este tamaño, sacar adelante cada agosto un montaje de esta complejidad exige una implicación difícil de imaginar desde fuera. La Junta de Castilla y León la distinguió en su día como mejor iniciativa de desarrollo local, y la fiesta forma parte hoy de las asociaciones española y europea de recreaciones históricas.
Este año, la cita es el domingo 23 de agosto, a las 18:30. La trigésima primera vez que Atapuerca se pone la cota de malla. Pero conviene llegar con tiempo, porque la jornada empieza mucho antes. Por la mañana hay talleres y espectáculos de justas medievales por el pueblo, y durante el fin de semana la plaza acoge un mercado con puestos de artesanía. Después de la representación, las tropas vuelven a desfilar y la jornada se cierra con un concierto de música folk. Todo completamente gratis y al aire libre.
Pasado el día de la batalla, Atapuerca recupera su ambiente y estampa habitual: unas cuantas casas de piedra, la iglesia-fortaleza de San Martín en lo alto –antigua encomienda de la Orden de San Juan de Jerusalén–, la mina Esperanza –pueden visitarse 200 m de estas galerías subterráneas– y más de veinticinco fuentes repartidas por el término. También se pueden realizar varias rutas de interés, como la que conduce a los humedales de Atapuerca, cinco lagunas que se encuentran en el Corredor de la Bureba, uno de los principales corredores de aves migratorias de la península ibérica, donde se pueden contemplar especies como la cigüeñuela, el aguilucho cenizo, la avoceta o el ánsar común.
También pasa por aquí el Camino de Santiago Francés y, de hecho, Atapuerca ya aparece citada desde el siglo XII en el Codex Calixtinus. El peregrino que llega hasta aquí todavía tiene por delante 509 km para llegar a Compostela. La etapa que conduce a Burgos cruza la sierra entre encinas y robles y sube al alto de Matagrande, donde una gran cruz de madera recibe a los peregrinos y donde muchos dejan una piedra traída de casa. Desde lo alto –a 1.082 m de altitud– se ve el valle del río Pico, la ciudad de Burgos y, en los días limpios, el perfil lejano de la sierra de la Demanda.
A un paso del pueblo se desarrolla otra historia, quizá algo más conocida, pero igual de fascinante. La sierra de Atapuerca está formada por un macizo kárstico agujereado por cuevas y galerías donde el Equipo Investigador de Atapuerca lleva excavando sin interrupción desde 1978, y donde se han documentado hasta cinco especies humanas distintas. Gracias a su extraordinario valor arqueológico y paleontológico, la UNESCO declaró el conjunto Patrimonio Mundial en el año 2000.
Lo que hoy puede visitarse es la llamada Trinchera del Ferrocarril, un tajo abierto a finales del siglo XIX por una compañía inglesa que quería llevar un tren minero hasta la sierra de la Demanda. Cuando las obras rebanaron la ladera, salieron a la luz varias cuevas rellenas de sedimentos. Allí estaban la Sima del Elefante, la Galería y la Gran Dolina, tres nombres que hoy figuran en cualquier manual dedicado a la evolución humana.
La visita es siempre guiada, en grupo y con reserva previa, y se llega en autobús desde el Centro de Arqueología Experimental (CAREX) o desde el Centro de Acceso a los Yacimientos de Atapuerca (CAYAC), en la cercana Ibeas de Juarros. Dura algo más de hora y media, se hace al aire libre y permite recorrer un paisaje que, a primera vista, no tiene nada de especial. Hasta que el guía señala un punto concreto de la pared y comienza a desvelar un sinfín de maravillas.
En la Gran Dolina, por ejemplo, se recuperaron restos que permitieron describir una especie nueva, el Homo antecessor, que vivió aquí hace unos 850.000 años. Los hallazgos no han dejado de producirse. En la campaña que terminó el pasado julio, y en la que participaron más de trescientos investigadores, se recuperaron veinticuatro nuevos fósiles humanos de esa misma especie: vértebras, falanges, tres dientes, fragmentos de tibia, de fémur y de húmero.
En la Sima del Elefante se trabaja en niveles de hasta 1,4 millones de años, los más antiguos de la sierra. Y en el sistema de Cueva Mayor, cerrado al público porque el acceso es largo y peligroso, está la Sima de los Huesos, donde se han recuperado más de siete mil fósiles humanos de al menos veintinueve individuos, lo que lo convierte en el mayor yacimiento de su clase en el mundo.
Los responsables del yacimiento han organizado el enclave en varios espacios, y lo ideal es recorrerlos en el orden adecuado. El CAYAC, en Ibeas de Juarros, es la puerta de entrada: en este centro de interpretación se cuenta de forma didáctica y amena cómo se formó esta tierra y cómo aquel ferrocarril minero acabó cambiando el destino de la comarca. No es necesaria reserva para visitarlo.
El CAREX, a un kilómetro del pueblo de Atapuerca, es el espacio más entretenido de todos, sobre todo para los niños. Se trata de un centro de arqueología experimental, un lugar donde se comprueba con nuestras propias manos aquello que los investigadores han deducido examinando el registro: cómo se talla una lasca, cómo se pinta sobre roca o cómo se lanza una azagaya con propulsor. Y cómo se hace fuego, que es la parte que todo el mundo recuerda después.
Por último, en Burgos capital aguarda el Museo de la Evolución Humana, un edificio diseñado por el arquitecto Juan Navarro Baldeweg, donde se exponen los fósiles originales del yacimiento. Allí puede verse a Miguelón, el cráneo más completo de la Sima de los Huesos, y allí termina de encajar todo lo visto en los otros dos espacios.
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